Monstruos Perfectos

Rentabilidad de la mentira

Periodistas, o sucedáneos, que en connivencia con famosos en horas negras y números rojos elaboran montajes muy rentables para ambos, patrañas que tratan de vender al mejor precio y durante el mayor tiempo posible. Mienten. Y se lucran con sus mentiras, que bailan piernas arriba al ritmo de la clásica melodía de Broadway, That's Entertainment!

Falacias que olemos a la legua, que sabemos que lo son, aunque no lo vaya a demostrar ninguna sentencia firme de un juez tras un largo y riguroso proceso legal. Y que, más que indignarnos, nos enseñan lo que somos capaces de hacer por el dinero que proporciona el negocio de la notoriedad. Nos contagian su cinismo que vestimos en camisetas con mensaje: "Todos tenemos un precio", y otros tristes chascarrillos similares.

Nos hemos acostumbrado a que nos entretengan con mentiras mejor o peor moduladas, vivimos acomodados en el estado mental de quienes se abandonan a una ficción que, pese a su factura mediocre, nos interesa muchísimo más que la realidad, a la que le exigimos el componente extra de show. El problema es que nos aburre la verdad. Lo terrorífico es que muchos lo saben y se aprovecharon de ello para entretenernos durante años con un trepidante espectáculo de conspiranoias y delirios, un producto de factura impecable que además gozó de la credibilidad que no tienen los tonos tomateros o las páginas rosas, que tuvo el beneficio de las portadas, el espacio informativo y la opinión sagrada. Hasta ayer.