Monstruos Perfectos

Ana Obregón, al filo del filón

Abro los Diarios de John Cheever por una página al azar y leo, transcribo: "No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento (...)".

Le cierro a Cheever el libro en la narices, contemplo atentamente una figura embutida de Ana Obregón en cualquiera de sus manifestaciones y creo que lo suyo, después de tantos años, se acerca cada vez más a la alta literatura memorística en vivo, que ni disimula ni oculta, y describe la magnitud de su desaliento a la perfección. No hay imagen de Anita O. en los últimos años que no me haga pensar en el castigo mítico de Tántalo, condenado a vivir casi a punto de saciar su hambre y su sed, inmerso en un lago y bajo un árbol cargado de frutas que es incapaz de alcanzar. Lo mismo que la Obregón, siempre a un tris del gran salto: a Hollywood, al estrellato en el cine español o en la aristocracia internacional, a las portadas de los tabloides ingleses, al éxito joseluismoreniano en la televisión o a los altares del imaginario sexual español. Pero no.

Ana ha estado allí, a punto de todo, y nada ha salido a la perfección. Por eso, cada vez que Anita anuncia un nuevo traspiés en su vida sentimental y se recompone a fuerza de apuntalarse con tejidos tensados por la industria aeroespacial no puedo evitar pensar que de esa manera nos está hablando de algún fracaso más.