Opinion · El rincón del ñángara

En el nombre de La Roja

¿En qué se parece el futbol a Dios? –se pregunta Eduardo Galeano.

“En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”.

Intelectuales de izquierdas, se entiende, que opinan más o menos, que el «pan y el circo» de las masas, que es el fútbol, atrofia las conciencias y fomenta en el personal un patrioterismo idiota y desviado.

¿Se emplea el fútbol con intenciones políticas?

Veamos. En Kiev, donde se jugó ayer la final de la Eurocopa, hay un monumento que recuerda el partido disputado en el verano de 1942 entre futbolistas del Dynamo de Kiev y una selección alemana. (El ejército alemán ocupaba en esos momentos Ucrania). Ganó el Dynamo, a pesar de que los nazis les habían advertido que deberían perder porque la superioridad de la raza aria tenía que demostrarse también en los campos de futbol. Solo sobrevivieron dos jugadores del Dynamo a este desafío. El resto fueron detenidos, algunos torturados y fusilados y otros enviados a campos de concentración.

En 1937, mientras Franco bombardeaba la España republicana, gracias a los aviones que le mandaban Hitler y Mussolini, el Barça se iba de gira por América para recaudar fondos para la causa republicana y denunciar el acoso del fascismo a la democracia española. Josep Sunyol, presidente del club y militante de Esquerra Republicana de Catalunya, había sido fusilado hacía meses, sin juicio previo por las tropas franquistas.

También una selección de Euskadi marchó de gira, por las mismas fechas, a varios países de Europa, para denunciar el levantamiento militar y buscar dinero para la resistencia. Solo un jugador vasco regresó a España, aunque la FIFA le declaró en rebeldía; a él y a todos los jugadores exiliados.

La dictadura de Franco utilizaba al Real Madrid para mejorar su imagen (esto era muy difícil) y exaltar los valores de la raza. En el Mundial del 34, que se celebró en la Roma de Mussolini, los carteles representaban a un atleta imponente, que brazo en alto hacía el saludo fascista mientras sujetaba un balón en sus pies.

En 1986, justo tres meses después de que Felipe González nos hiciera el trile con el referéndum de la OTAN, en México se disputaba el Mundial de Futbol. En cuartos se enfrentaron Argentina e Inglaterra, que cuatro años antes se habían enfrentado también en la guerra de Las Malvinas. Ese fue el mundial de Maradona, que había donado 100 millones de pesos al Fondo Patriótico Malvinas Argentinas. Ganó Argentina con dos goles que sabían a venganza. Los metió Maradona y hoy tienen nombre propio: “el gol del siglo” en el que dribló a seis jugadores ingleses y “la mano de Dios”… Ya saben, ese gol que pareció un cabezazo, pero en realidad fue un manotazo. El propio Maradona cuenta en su autobiografía lo que significaba ese partido: “Era ganarle más que nada a un país, no a un equipo de futbol (…) Sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos allá, que los habían matado como a pajaritos… y esto era una revancha, era… recuperar algo de las Malvinas (…) un carajo que iba a ser un partido más”.

En mayo de 1990, en la antigua Yugoslavia estaba a punto de estallar el polvorín. Franjo Trudman había ganado las elecciones en Croacia y amenazaba con la independencia a la Serbia de Milosevic. El día 13 de ese mes el Dynamo de Zagreb (Croacia) se enfrentaba con el Estrella Roja de Belgrado (Serbia). El partido no terminó. Quince minutos antes del final, con empate a cero, las hinchadas de ambos equipos rompieron las vallas de defensa, invadieron el campo y se enfrentaron en una batalla campal que terminó con 138 heridos, algunos graves.

El líder de la hinchada serbia, Raznatovic Arkan, fue posteriormente el jefe de las fuerzas paramilitares de su país. La hinchada croata del Dynamo, conocida como los Bad Blue Boys (BBB), hoy con la peor reputación de Europa, se alistó en masa, cuando estalló la guerra, en el Ejército y en las fuerzas paramilitares. Alex J. Bellamy, en su libro La formación de la identidad nacional croata cuenta que, al principio del conflicto, hasta que los soldados no llevaron las placas oficiales, se ponían sobre el uniforme la chapa del Dynamo de Zagreb.

En fin, los ejemplos son muchos, y todos conducen a demostrar lo evidente: que el futbol, que fascina a los pueblos, se utiliza políticamente.

Otro al que no le gusta el futbol… estarán pensando los aficionados

Citaré otra vez a Galeano. “Yo no soy más que un mendigo del buen futbol. Voy por el mundo sombrero en mano y en los estadios suplico: “Una linda jugadita, por amor de Dios”. Y cuando el buen futbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cual es el club o el país que me lo ofrece”.

Dejemos clara esta premisa: una cosa es el buen fútbol que juega la Roja y otra el patrioterismo miserable con el que la envuelven.

Ese patrioterismo futbolero esconde una sublimación de la Nación y los encuentros en el campo una sublimación de la guerra. En la cancha se enfrentan deportistas, pero también países y el lenguaje que se utiliza es (acorde con la situación) bélico. “Nuestra escuadra”, llaman a la Selección, “fusilamos al portero”, “abatimos a Italia”, “conquistamos la gloria”, “La Roja desfilará por el centro de Madrid…”

Nuestros futbolistas-soldados se baten en los estadios acompañados por altas autoridades del Estado. En el palco el Príncipe heredero cierra los puños con tensión cuando La Roja marca un gol y Rajoy, el impasible, se levanta alborozado de su asiento… Tan felices no se mostrarían aunque se arreglase el disparate de los bancos.

En la calle tremolan las banderas, invade la gente las plazas, suenan petardos en la noche, tocan las bocinas… La peña se moviliza con mucho más entusiasmo que cuando sale a la calle por los recortes o por los despidos… o cuando no sale, aunque tengan que copagar las medicinas.

Manifiestan su inmensa alegría, claro que sí, porque “los nuestros” han goleado a Italia… aunque eso no va a tener absolutamente ningún efecto en la mala calidad de nuestras vidas. ¿Quizás esto se llama alienación? Si la respuesta es “sí”, tiene consecuencias políticas muy conocidas.

“En nombre del pueblo italiano” es una película de principios de los setenta del director Dino Risi. Hugo Tognazzi es un honrado juez que busca pruebas para encarcelar a Vitorio Gassman, que encarna a un empresario cínico y corrupto, con pasado fascista, envuelto en un asesinato. La película, muy crítica con la Justicia y con el poder económico, termina en una secuencia en la que el incorruptible juez pasea, envuelto en dudas, por el centro de la ciudad vacía. Esta vacía porque la gente permanece en sus casas siguiendo un partido que está jugando la selección italiana. De repente se escuchan gritos tumultuosos que salen de todas las ventanas ¡gooooool…! ¡goooool…!

El juez piensa que el pueblo italiano, en nombre de quien él trabaja, tiene otros intereses… y por primera vez en su vida destruye pruebas.

Se la recomiendo. Habla de la alienación