Opinion · El rincón del ñángara

Por qué tanta saña

Los chilenos han formulado una ley política que funciona con la precisión de una ley física: el mismo sistema que fabrica la pobreza es el que criminaliza a los desesperados que genera. No, no se refieren a la etapa de Pinochet, sino a la del actual gobierno de Piñera y muy concretamente a su ministro de Interior Rodrigo Hinzpeter, que ha impulsado una ley (conocida como ley Hinzpeter o ley anti protestas) que se parece una barbaridad al nuevo código penal que propone Gallardón. La ley del chileno, como la del español, pretende limitar la disidencia social y penalizarla- si se produce- con castigos desproporcionados.
La derecha española, enquistada en una deriva involutiva, se prepara para criminalizar la protesta (que se produce por los recortes que el propio gobierno aplica) modificando dos leyes: el código penal y la ley de seguridad ciudadana. Con las reformas que plantea, a la cárcel irán los que ocupen bancos, aunque sea de forma simbólica, los que entren en Mercadona a por carritos de la compra, los que se encadenen, los que se resistan a obedecer a la policía y hagan , por ejemplo, una sentada, los que convoquen protestas por internet, los que se empeñen en impedir los desahucios, los que fotografíen a esos policías que utilizan las porras con sadismo indiscriminado (no les podrán fotografiar las placas porque siguen sin ponérselas), los que interrumpan los transportes públicos… ¿Y los que tiren piedras?… a esos cuatro años en el talego.
Jueces para la Democracia ha definido el fenómeno cómo el “paso del Estado social al Estado penal”. El subcomandante Marcos llamaba a esto el striptease del Estado: “cuando el Estado se desnuda de todo, salvo de su prenda íntima indispensable, que es la represión”. Y Engels, por este tipo de cosas, decía que “en última instancia el Estado no es más que una banda de hombres armados”.
Bueno, también influye la alergia de Rajoy a las manifestaciones. Acuérdense del reconocimiento que hizo en Nueva York “a la mayoría de españoles que no se manifiestan” y la llamada a todos para “no estropear con intereses de vuelo corto la grandeza de estos compatriotas”. Me recuerda a aquel señor alemán que tampoco podía soportar que la peña se manifestara y un día escribió: “qué penosa impresión dominó mi espíritu al contemplar, cierto día, las inacabables columnas de una manifestación obrera en Viena. Me detuve casi dos horas, observando pasmado aquel enorme dragón humano que se arrastraba pesadamente. Lleno de desaliento regresé a casa”. Este tipo de alergias a las manifestaciones no son tan extrañas en la derecha, pero cuando afectan a los gobernantes, se terminan traduciendo en leyes que erosionan los derechos fundamentales.
Por cierto, el señor de la manifestación de Viena se llamaba Adolfo y eso lo escribió en el Mein Kampf
Amnistía Internacional documenta en su último informe (http://www.amnesty.org/es/library/asset/EUR01/022/2012/es/1ce3a468-55df-4e85-8200-7881076b5204/eur010222012es.pdf), que hemos conocido hace unas horas, el uso desproporcionado de la fuerza, por parte de la policía española, contra los manifestantes. Nada sorprendente que no conociéramos ya por los videos, fotos y testimonios, que profusamente cuelgan los afectados en la red. Amnistía denuncia en este trabajo otro aspecto que ha pasado más desapercibido: la falta de investigaciones efectivas sobre las actuaciones policiales, que ha merecido varias condenas contra España por parte del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. La última sentencia se produjo la semana pasada y causa sonrojo. (http://hudoc.echr.coe.int/sites/fra-press/pages/search.aspx?i=003-4119682-4848223) Se condena al Estado español por no investigar las denuncias de tortura del ex director de Egunkaria, Martxelo Otamendi. ¿Se acuerdan de Egunkaria?… aquel periódico que el juez Del Olmo cerró en 2003 y sobre el que siete años más tarde la Audiencia Nacional sentenció que no existía “cobertura constitucional” para clausurarlo, máxime cuando “nunca había publicado ningún artículo a favor del terrorismo” y ni siquiera tenía “una línea editorial con un sesgo político determinado”.
¿Tortura?… sí, así lo llama el Tribunal de Estrasburgo, que además insiste en la importancia de adoptar las medidas recomendadas por el Comité para la Prevención de la Tortura. Un bochorno para eso que el PP llama “la marca España”.
Dice Mario Benedetti que “el suicidio no redime a un torturador, pero algo es algo…”Es obvio que el escritor uruguayo tiene una sensibilidad con la tortura muy distinta a la de la derecha carpetovetónica, que hace la vista gorda. Son tolerantes con la tortura – dice Estrasburgo- así que ya se imaginan que es una bagatela y no les causa ningún problema político, ampliar las capacidades de la policía para reprimir las protestas. En eso está Gallardón; en su particular streptease.
La ley criptofascista de tolerancia cero, en la que esta cabalgando el gobierno, tendrá la consecuencia inmediata de aumentar el número de personas que serán condenadas a penas de cárcel. Y aquí estamos ante otro problema: las cárceles están abarrotadas y literalmente no hay hueco para albergar a los disidentes políticos que protestan en las calles. (¿O son delincuentes comunes?).
Donde caben 100 presos hay 173 (esa es la media de saturación de las cárceles) y tenemos 76.000 reclusos (1,6 por cada mil habitantes). En términos relativos tenemos más presos que China, Irak ó Siria y en términos absolutos y relativos más presos que Francia, que Italia o que Alemania, por compararnos con los vecinos. Además, cómo proclamó Rubalcaba hace seis años, “el sistema penitenciario español es el más duro de Europa”. Pero, paradojas de la represión, el índice de criminalidad en España es también de los más bajos de Europa.
Es inquietante, con este panorama, escuchar las declaraciones de Cifuentes, Gallardón, Jorge Díaz y otros partidarios de la porra, que insisten en criminalizar las protestas. La azarosa realidad es que la derecha no tiene otro plan para mantenerse en el poder que el de apalizar a sus propios ciudadanos, a los que recorta derechos todos los viernes. ¿De verdad es necesario tanto ensañamiento?