Opinion · El rincón del ñángara

Lo que zumba y crece en Catalunya

El 25 de mayo de 1.822, el día después de la batalla de Pichincha en la que el general Sucre derrotó definitivamente a las tropas españolas de Ecuador, en las paredes de Quito apareció una pintada que decía:
“Último día de despotismo y primer día de lo mismo”
Los escépticos que la escribieron no creían que el triunfo de los criollos ecuatorianos, que pedían la independencia del país, trajera como consecuencia la libertad para las clases populares. No se equivocaron. ¿Estaban en contra de la independencia los autores de la pintada? Al contrario, en el Ecuador de esos años había casi tanto fervor independentista cómo en la Catalunya de hoy. La pintada solo reflejaba una obviedad: que la independencia no está por encima de la lucha de clases. Tampoco los criollos de CIU, los grandes recortadores de los derechos sociales, traerán la independencia al pueblo catalán; no tienen ningún interés en eso, aunque juegan un partido arriesgado, porque destapada la caja de los truenos, el proceso puede desbordarles.
CIU, aunque Jordi Pujol diga lo contrario, sigue jugando a la puta i la Ramoneta (lo que los castellano parlantes conocemos como nadar y guardar la ropa, tirar la piedra y esconder la mano, marear la perdiz…) y se dispone a defraudar al pueblo catalán y a sus aspiraciones de independencia. Va a ejecutar el mismo tipo de timo que Felipe González, en sus mejores años de trilero, con aquello de “Otan, de entrada no”. CIU llega a estas elecciones, con sabor a plebiscito, sin haberse pronunciado abiertamente a favor o en contra de la independencia de Catalunya (lo que es de nota) aunque en su programa se compromete a avanzar en la construcción de un estado propio, sin definir de qué tipo de estado hablamos; si cómo el de Wisconsin o cómo el de Irlanda. Esta ambigüedad calculada no es una táctica frente al Gobierno de Madrid- que, aunque parezca lo contrario, todavía no está realmente preocupado- sino frente a los electores catalanes, muchos de los cuales escuchan “digo”, aunque les están diciendo “diego”.
CIU solo ha sido concreta en el compromiso de convocar un referéndum (ya iba siendo hora) y Durán i Lleida ha explicado que “no es lo mismo autodeterminación que independencia “y para aclararlo más, ha dicho que el pueblo catalán puede ejercer el derecho de autodeterminarse “apostando por una fórmula para continuar en el Estado español”. Claro como el agua clara… está diciendo “diego” no está diciendo “independencia”.
La impunidad es hija de la mala memoria de los pueblos. Esa derecha, que durante más de tres décadas se ha olvidado de la autodeterminación, exhibe ahora la amnesia política como una bandera para tapar sus vergüenzas, después de haber arrasado con la sanidad y la educación, privatizar a destajo, favorecer los desahucios y enviar a los moços a machacar al personal. Huele tan mal en la Barcelona de CIU como en el Madrid de la Gürtel. ¿Tendrán los catalanes tan mala memoria que volverán a votar a esta derecha patatera… o asumirán lo evidente? Y lo evidente es que en un país con un millón y medio de parados, con una oligarquía cleptómana y con más de dos millones de personas bajo el umbral de la pobreza, la independencia tiene sentido si viene acompañada de un cambio social en el modelo económico y de un giro radical en la democracia pantomímica.
CIU no preocupa demasiado en la Zarzuela, ni en La Moncloa ni en los cuarteles, a pesar de que la maltrecha Constitución vigente les encarga garantizar la unidad de España. Al fin y al cabo lo que la casa convergente ha hecho ha sido cambiar el misterioso pacto fiscal por la promesa de convocar un referéndum (que ya veremos…porque la vida da muchas vueltas) y lo ha hecho como represalia contra el Gobierno de Rajoy, que no ha querido atender sus reivindicaciones económicas… Si las hubiera atendido Más no hubiera desempolvado el fantasma del soberanismo, que dormía plácidamente desde los tiempos de la República. Para esta derecha la soberanía tiene un precio en euros, como Panamá lo tuvo en dólares
El Gobierno sabe que CIU va de farol, pero de momento le conviene la confrontación de baja intensidad para camuflar la devastación de los derechos sociales y para apoyar a sus huestes en Catalunya, pelín xenófobas y con cierto aire a la derecha de los tiempos del Congreso Eucarístico de Barcelona. Lo que inquieta al Poder no es CIU, sino la capacidad de los convergentes para controlar el proceso y que no se les desmadre. Pero hoy nadie puede asegurar que controlará un proceso en el que se entremezclan la identidad nacional y el desmantelamiento del estado del bienestar, por lo que inevitablemente la lucha de clases va a ser determinante en el desarrollo del soberanismo. Es probable que CIU gane las elecciones del domingo, pero es imposible que mantenga el apoyo de un pueblo al que seguirá devastando con sus políticas de recortes.
Lo que está ocurriendo ahora y no ocurría antes es que, a la sombra de la senyera, se esta fundiendo en una sola cosa la lucha por la independencia y la lucha contra los recortes perpetrados a dos manos por Madrid y Barcelona. Y debajo de esa bandera los convergentes no se pueden cobijar, tampoco el PSC y por supuesto en absoluto el PP. Desde muy lejos se escucha el eco sordo que sale de los barrios catalanes, más fuerte que las voces de sus políticos y que recuerdan a aquel dicho, recogido por Galeano, del Movimiento de los Sin Tierra: “más poderoso que el rinoceronte es la nube de mosquitos que crece y que crece, que zumba y que zumba”.
Otra pintada, en una pared de San Francisco, decía: “Si las elecciones sirvieran para cambiar las cosas, el voto sería ilegal”. En USA esto es una realidad científica, pero en Europa alguna vez, excepcionalmente, esto no ha sido. Las elecciones del domingo no cambiarán mucho las cosas en Catalunya, pero darán una idea de hasta qué punto CIU está en condiciones de controlar que no explote la caja de los truenos. Esta vez tampoco los votos darán la vuelta a la tortilla, pero, si escuchan bien a la nube de mosquitos… oirán que zumban y crecen.