Opinion · El rincón del ñángara

En silencio y en fila de a dos

Günther Anders, filósofo polaco que murió hace 20 años, llamaba “desnivel prometeico” a ese fenómeno fascinante, que consiste en que a los seres humanos no se les altere la tranquilidad de conciencia cuando realizan una acción insignificante, que provoca un efecto desproporcionado. Por ejemplo, se aprieta simplemente un botón y una bomba mata a cientos de miles de personas en Hiroshima. La conciencia humana asume con dificultad esa desproporción entre la acción y sus efectos.

Algo de ese desnivel tenía Javier Arenas en la conciencia cuando, en la primavera del 2003, se quejaba de que los activistas tiraban tomates contra las fachadas de las sedes del PP por la intervención del gobierno de Aznar en la guerra de Irak. Los tomates eran un problema para la democracia… De las bombas que reventaban miles de vidas en Faluya o en Bagdad, ni hablaba.

Algún desnivel prometeico tienen nuestros políticos. Esos que con un dedo en el botón aprueban leyes hipotecarias y después se consideran irresponsables de que decenas de miles de familias desahuciadas se queden dramáticamente sin casas. Ellos son tan cínicos que además no quieren ser molestados en las calles por donde vagan sus víctimas, ni que se peguen carteles con sus caras en las puertas de sus domicilios, ni que se incomoden sus vidas. Buscan la impunidad y el anonimato, que los vecinos de su barrio no conozcan que han sido ellos los que, en última instancia, sacaron a las familias de sus hogares, los que han extendido el sufrimiento y los que han empujado a muchos a la desesperación y a algunos al suicidio. No quieren que les identifique con la ignominia y dicen que su señalamiento público ( “escrache”, en argentino) es una “especie de acoso”, condenable en nombre de unos principios morales indefinidos.

Pero ¿tienen que participar de los mismos principios morales los desahuciadores y los desahuciados, los verdugos y las víctimas? ¿Hay una moral autónoma por encima de los ricos y de los pobres, de las religiones y de las ideologías? Si la respuesta es “si” hemos definido con precisión lo que Kant llamaba “el imperativo categórico” y estamos chapoteando en el mundo del idealismo del siglo XVIII y en la metafísica.
Si la respuesta es “no”, sostenemos que los principios morales de unos, no tienen que ser forzosamente los principios morales de todos. Que la moralidad tiene una función política y en consecuencia de dominación. Y es posible que estemos de acuerdo con este párrafo de Trotsky: “La moral, posee más que cualquier otra forma ideológica, un carácter de clase. La clase dominante impone a la sociedad sus fines y acostumbra a considerar como inmorales los medios que contradicen esos fines”. Este es el terreno de la dialéctica y la cita es del libro Su moral y la nuestra.

Pero ¿no existen reglas básicas y generales necesarias para la vida de la colectividad entera?… Por supuesto que sí; pero esas normas “universalmente válidas” son tanto más inestables conforme se agudiza el conflicto social. Por ejemplo, “el no matarás” que es un principio universalmente válido, se convierte en incertidumbre en tiempos de guerra, en los que el deber de los ejércitos es exterminar a la mayor parte posible de la humanidad.

Impugnada la mayor, hay que decir rápidamente que colocar en la calle carteles con el careto de González Pons, no es una cuestión de principios morales “universalmente válidos”. Las víctimas de los desahucios están cargadas de razones para no compartir las curiosas sensibilidades morales del PP o de sus pregoneros. ¿Dónde está escrito que no se pueda empapelar el mundo con las caras de los responsables de este desastre?, ¿quién dice que no se les puede señalar en la calle?, ¿que no se les puede increpar por donde vayan, tanto en la tierra como en el cielo? Los límites son legales. No son morales… Y ahora no vamos a entrar en la inestabilidad de la legalidad y en lo mucho que es capaz de cambiar cuando se agudiza el conflicto social. Ese es otro capítulo.

Hay una cuestión inquietante en todo este planteamiento “moral”. Y es la proporcionalidad. Es decir, esgrimir unos parámetros que colocan en el mismo nivel ético a los tomates arrojados contra las sedes del PP y a las bombas arrojadas sobre Irak, al desahucio de millares de familias y a los carteles en el barrio de González Pons. Solo una banda de psicópatas podría perder hasta tal punto el sentido de las proporciones. Y como este no es el caso, solo podemos deducir que los principios morales que defiende el PP no son más que una vulgar coartada para transformarse, a los ojos de los ciudadanos, de verdugos en víctimas y camuflar su política de desmanes sociales. Pretender que en esta despiadada guerra de clases que vivimos la protesta social sea aséptica y “que no moleste” es pedir peras al olmo y revela una preocupante falta de análisis de lo que está por venir. Se equivoca el PP dramáticamente si lo que quiere es ver a los activistas antideshaucios en silencio y en fila de a dos detrás de los féretros de los “suicidados”.

La rebelión, cuando los derechos de los ciudadanos son pisoteados, ha sido defendida en la historia del pensamiento por autores como San Agustín, Santo Tomás de Aquino o el jesuita Juan de Mariana (unos etarras para Cristina Cifuentes). Pero les voy a dejar con una cita final de Günther Anders: “La situación es tan grave que, hoy día, el recurso a la violencia por parte de los movimientos antisistema debe considerarse, sin más, legítima defensa”