Opinion · El rincón del ñángara

La fiesta de la Democratura

Papel mojado, pura ficción, una gigantesca mentira más… eso es lo que hemos celebrado en el día de la Constitución, convertida en una impostura sostenida, con más o menos ardor, por el bipartidismo , pero ajena a los muchos problemas de la gente. La Inmaculada Constitución ha llegado a convertirse en un modelo de vacuidad jurídica que establece grandes derechos sociales como los del trabajo o la vivienda, que en la práctica son nuevas falsedades, como se observa a simple vista. También los Principios Fundamentales del Movimiento proclamaban derechos, que después, las leyes complementarias se encargaban de castrar. La Constitución es hoy un texto virtual agitado desde el Poder para recortar los derechos sociales y políticos de la ciudadanía. Se ha convertido en una inmensa trampa. El marco legal con el que se instrumentó el regreso del régimen monárquico está agotado
La metáfora perfecta de lo que ha dado de sí la restauración monárquica y esta Constitución se produjo el martes en dos ciudades. Un acto en Madrid para homenajear a Juan Miguel Villar-Mir y otro en Londres donde los lores debatieron la creación de una Comisión de la Verdad para España.
En Madrid la cámara de comercio España-Estados Unidos concedió la distinción como mejor empresario del año a Villar-Mir. Ofició la entrega de la medalla Esperanza Aguirre.
¿Y quién es Villar-Mir? Se preguntarán los más jóvenes
Lo explicó Aguirre, que le definió como “un sobresaliente líder empresarial, un profesional destacado, ya desde el momento en que fue número uno de la Escuela Superior de Ingenieros de Caminos”. Y no dijo más. No dijo que había sido vicepresidente del Gobierno para Asuntos Económicos y ministro de Hacienda en el primer Gobierno del Rey, tras la muerte de Franco. Ese Gobierno duró apenas seis meses, pero cuenta en su haber con dos hazañas antológicas de la Transición. La primera fue la matanza de Zaramaga: Corría el 3 de marzo de 1.976 y los sindicatos habían convocado una huelga general en Euskadi; por la tarde varios miles de trabajadores se reunieron para celebrar una asamblea en la iglesia de San Francisco, situada en el barrio Zaramaga de Vitoria. Algunos miles más permanecieron fuera porque no cabían. La policía les gaseó primero y les ametralló después según salían despavoridos. El resultado, un centenar y medio de heridos por balas y cinco obreros muertos: Romualdo Barroso, Pedro Martinez, Francisco Aznar, José Castillo y Bienvenido Perea. In memoriam. El Gobierno, el del Rey y Villar-Mir, emitió un comunicado en el que explicó que “la actuación de las Fuerzas del Orden ha estado encaminada a proteger el ejercicio de las libertades individuales”. ¿Les suena este mantra?
Los obreros ametrallados no han recibido ninguna medalla, como lo han hecho sus verdugos, solo una ofrenda floral que les dedicó el Gobierno vasco el año pasado. ¡Treinta y seis años después! El PP, el PSOE y UPyD evitaron en el Parlamento que se les incluyese en la lista de víctimas del terrorismo, que conlleva compensaciones económicas para las familias.
La segunda hazaña que tiene en su haber aquel Gobierno se llama Montejurra, un monte navarro donde los carlistas celebraban cada mayo una romería anual. Un nutrido operativo de la Guardia Civil, más 11 jeeps y 3 autobuses de la Policía Nacional se hicieron los suecos cuando pasó por su lado un numeroso grupo de ultras que desfilaban en formación hacia la cumbre. Prietas las filas, marchaban guerrilleros de Cristo Rey junto con colegas del Batallón Vasco Español, Fuerza Nueva y de la Internacional Fascista Italiana. Dispararon contra la multitud sin mediar provocación y mataron a dos personas e hirieron a varias más. Alguien tan poco sospechoso como el general Sáenz de Santamaría lo explicó años después: “Bajo la intención genérica de conquistar Montejurra y arrebatarla a los que consideraban como rojos-marxistas, consiguieron que el Gobierno tomase en consideración la propuesta de organizar la operación que recibió el nombre de Reconquista… Las reuniones fueron coordinadas por el propio ministerio de La Gobernación”.
¿Y quién era ese ministro matarife? Volverán a preguntarse los más jóvenes. Era Manuel Fraga Iribarne y le acompañaban en el Gobierno otros ilustres virtuosos del gatillo fácil, que también han llegado a ser “sobresalientes líderes empresariales”. Ahí estaba como ministro de Relaciones Sindicales Rodolfo Martín Villa que ha sido presidente de Endesa y de Sogecable hasta hace dos días y también ha recibido muchas medallas.
Los autores materiales de los crímenes de Montejurra fueron encarcelados, pero varios meses después quedaron en libertad por la ley de Amnistía de 1.977.
Conseguida la inmunidad, el tardofranquismo pactó la Constitución y comenzó el gran teatro de la confusión que llamaron democracia. Y así hemos llegado hasta aquí, con el tiempo girando en redondo y con el PP y la cámara de comercio de una potencia extranjera haciendo homenajes impunemente a los ministros de la dictadura. Con los dinosaurios del franquismo convertidos en prósperos empresarios, agasajados con impudicia, protegidos por sus herederos que ahora gobiernan España con el Rey que nombró Franco a la cabeza. Todo bastante bien atado… en realidad.
A la sombra de la Constitución ha crecido este régimen, que es una fusión de dictadura y democracia. Un híbrido. Eso que en Latinoamérica llaman una democratura. Un espacio en el que es posible, por ejemplo, hacer una Ley complementaria de Seguridad Ciudadana para freír a multas a los ciudadanos que protesten, aunque la Constitución diga genéricamente que existe el derecho a la manifestación. La mentira es consustancial a la democratura y después de tantos años ha llegado a convertirse en cultura. Cuando la mentira afecta a toda una generación oportunista se transforma en costumbre.
¿Cómo se puede hacer una Comisión de la Verdad en ese ecosistema? No se puede. Las palabras “España y verdad” son un oxímoron político. Por eso para hablar de la verdad no se han reunido los diputados en Madrid. Lo hicieron los lores ingleses en Londres.