Opinion · El rincón del ñángara

Lo que nuestras respetables empresas esconden

Causó conmoción que en la feria del libro de Frankfurt del 2002 el grupo Bertelsmann pidiera perdón por haber colaborado con los nazis en Alemania.Tardó 62 años en hacerlo, pero produjo estupor que todo un grupo empresarial reconociera su pasado oscuro. Aquel fue un gesto inusual que las corporaciones no suelen practicar. ¿De qué les suena Bertelsmann?… Es accionista de Antena 3 TV y del Círculo de Lectores, entre otras muchas cosas y el Gobierno de Zapatero, con su insuperable frivolidad, les condecoró con la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil “por su papel en el fomento del cambio social”. Bien, he aquí unos empresarios que fueron nazis pero se han arrepentido. No ocurre lo mismo con otros muchos.
No ocurre con Dragados y Construcciones, con Agromán, con Huarte, con Banus Hermanos, con los Ybarra, con San Román ,MZA, Renfe, Entrecanales, Duro Felguera, Babcock Wilcox, Astilleros de Cádiz… y otras muchas de una larga lista de empresas que se enriquecieron utilizando “gratis total”, como trabajadores- esclavos, a los prisioneros republicanos de las cárceles franquistas.
Ha sido la jueza argentina María Servini, que instruye en Buenos Aires la causa contra el franquismo, quien ha vuelto a sacar a la luz el papel desempeñado por estas empresas, a las que las asociaciones de la Memoria Histórica quieren hacer coparticipes en la reparación de las víctimas, que se acercan a la prodigiosa cifra de 400.000 personas, la mayoría, obviamente, ya muertas. ¿Piden lo imposible? Hay precedentes.
A las grandes corporaciones les ha ido tradicionalmente bien con el fascismo. Coca Cola, por ejemplo, en los cinco años anteriores a la Segunda Guerra, paso de vender 243.000 cajas en Alemania a cuatro millones y medio. La misma progresión experimentaron con los nazis empresas como la General Motors, Ford, IBM, Standard Oil, ITT, Westinghouse, General Electric o IG Farben. Esta última, cuya sucesora es la Bayer, fue la responsable de fabricar el veneno con el que se gaseaba a los judíos. La IG Farben es un buen ejemplo para el caso que nos ocupa. La empresa está todavía “en liquidación”, pero realmente no funciona desde que terminó la guerra. Esto es así porque no ha compensado a los trabajadores-esclavos que empleaba y que tras la derrota alemana le ganaron en los tribunales el derecho a ser indemnizados. También el dueño de la Krupp fue condenado a 12 años de prisión, en el juicio de Núremberg, por explotar a los trabajadores-esclavos de los campos de concentración. Pero las compañías que tuvieron que responder ante la Justicia fueron excepciones; la mayoría de las grandes corporaciones no fueron juzgadas a pesar de ser corresponsables de la muerte de cientos de miles de prisioneros en los campos nazis. Hoy parecen empresas respetables. ¿O no lo es Pelikan, que fabricaba la tinta indeleble para marcar a los prisioneros, o La Siemens que los torturaba, o BMW, Astra, AEG, Yunker o Volkwagen, que se enriquecieron con las miserables condiciones de vida y muerte de los trabajadores-esclavos?
No fueron juzgadas, pero casi seis décadas después de terminar la Segunda Guerra llegaron a un acuerdo judicial con las víctimas sobrevivientes y tuvieron que participar en su indemnización. Es cierto que ya, para entonces, la mayoría de sus trabajadores-esclavos habían muerto y solo tuvieron que resarcir a 600.000 personas. Bien lo sabe, por ejemplo, el Deutsche Bank que tuvo que pagar la parte que le correspondía por haber participado en estos crímenes.
En España, el país de los ciento cincuenta mil fusilados enterrados en las cunetas, tampoco se ha juzgado a las empresas que participaron y se enriquecieron con los crímenes del franquismo. Los del PP-PSOE han consensuado que de estas cosas no hay que hablar en la mesa y se ocultan alevosamente, como todo lo concerniente a la Guerra Civil. No se lo explican a los adolescentes en los institutos, cuando estudian historia de España, ni a los jóvenes en la Universidad. Pero fue así. Cientos de miles de personas trabajaron como esclavos para las empresas, para la Iglesia en sus horas más sanguinarias y para las administraciones franquistas. Y cómo decía Machado,” la verdad es la que es y sigue siendo verdad aunque se cuente al revés”
¿Qué decir de los empresarios falangistas que se llenaron las manos de sangre y monedas y todavía ni siquiera se han disculpado? Qué decir, por ejemplo de los Ybarra, los actuales accionistas mayoritarios de ABC, que cedieron a Queipo de Llano el “palacio del conde”, situado muy cerca de Sevilla, para que lo convirtiera en una cárcel de republicanos? ¿Cómo actuar ante esta familia, fascista de toda la vida, que cedió uno de sus barcos, el “Cabo Carvoeiro” y lo ancló en el Guadalquivir para que sirviera de cárcel flotante? Cientos de ciudadanos salieron de los oscuros camarotes de esta nave para ser fusilados en las tapias del cementerio de Sevilla. ¿Deberían de ser juzgados los Ybarra? ¿Cómo tendrían que indemnizar a sus víctimas? Quizás algo diga la justicia argentina. La española ni respira, anda como un zombi desde que la preside Gallardón. Aquí es exacta aquella sentencia de Brecht: “Muchos jueces son absolutamente incorruptibles; nadie puede inducirles a hacer justicia”.
Trabajadores sin derechos y sin salarios. No los tenían los prisioneros- esclavos y apenas los trabajadores que podemos denominar “libres”, que eran poco más que siervos a los que se prohibía ir a la huelga, sindicarse o reivindicar salarios y derechos. He ahí la foto del capitalismo salvaje y de unas condiciones laborales que se parecen tanto a lo que ahora piden otros empresarios, cuyo estandarte lleva el actual presidente de la CEOE, Joan Rosell. Ese que quiere eliminar los contratos indefinidos, pagar una “ayuda mínima a los parados, para que sobrevivan”, limitar el derecho de huelga, implantar el despido libre y echar a la calle a 300.000 funcionarios. Rosell también tendría que pedir perdón – y no lo ha hecho- porque su organización haya tenido en la presidencia a un delincuente-mentecato, que antes de ir a la cárcel nos decía – como él también dice- que “hay que trabajar más y ganar menos para salir de la crisis, de la que todos somos culpables”.
Nunca, desde la eclosión de los fascismo europeos, ha habido una agresión tan virulenta contra los derechos de los trabajadores, como la que estamos viviendo ahora. La lucha de clases se ha vuelto otra vez despiadada. Con este panorama no va por el camino correcto un primero de mayo, costumbrista, rutinario, desmovilizador, discontinuo y litúrgico como nos proponen los sindicatos mayoritarios… otra vez.