Opinion · El rincón del ñángara

Señor, que me has perdido las gafas

Nos hemos quedado roncos gritando por las calles que” lo llaman democracia y no lo es”, “que no nos representan”, “que gobiernan los mercados y no les he votado”… Hemos denunciado en todas las plazas que la Unión Europea es una estafa antidemocrática, donde gobierna ese ectoplasma, al que nadie elige, que llamamos Troika… y a continuación, sin cambiarnos de ropa, nos hemos metido en unas elecciones para un Parlamento que no pinta casi nada. Y lo hemos hecho sin que nos haya asaltado una contradicción y sin tomar nada para el retortijón ideológico que producen las farsas. Una gran pirueta para las elecciones más incomprensibles.
“Señor, que me has perdido las gafas ¿por qué no me las encuentras?”, clamaba Muñoz Rojas en horas de desconcierto. Las gafas de ver de lejos. Las de ver a Grecia rota, con un presidente depuesto por convocar un referéndum; o a Italia con un tecnócrata impuesto como presidente por los bancos; o a España con una reforma de la Constitución para pagar prioritariamente a los susodichos. Las gafas de ver hasta Bruselas, con sus miles de lobbies y sus ejércitos de burócratas; las de ver hasta Lampedusa o Melilla, a la Europa de la guerra, del capital y del sufrimiento de la gente. ¿Y esto qué tiene que ver con la democracia? Absolutamente nada. Estas elecciones tienen que ver sobre todo con la legitimidad: son las primeras que se celebran tras la crisis del euro y constituyen por tanto un barómetro definitivo para otorgar o no legitimidad a las políticas aplicadas por Bruselas, con los efectos catastróficos que están teniendo sobre los pueblos.
La legitimidad no va a depender de los resultados, dependerá sobre todo de la abstención. Todos los sondeos pronostican un avance de las fuerzas anti-Troika, pero demasiado débil para condicionar a la amplísima mayoría de dos tercios que tienen en el Parlamento europeo las formaciones neoliberales: es decir los populares, socialdemócratas y liberales. Esos políticos con amplios apoyos financieros, a los que el amargo Ambrose Bierce dividiría en dos sectores: “los que están embelesados por los males existentes y los que desean reemplazarlos por otros”
Ese parlamento sin armas legales- que en todos estos años ha sido incapaz de bloquear una sola de las agresiones lanzadas por Bruselas contra sus ciudadanos- tiene ahora la capacidad de legitimar el atropello, si la gente entra en el juego de esta democracia opaca y el domingo se acerca a las urnas .Este es un inmenso paripé, una representación teatral de la democracia en la que se nos invita a votar a un parlamento- cuyas funciones harían avergonzarse al mismísimo Montesquieu- pero se nos impide elegir a los que nos gobiernan de verdad, que son los de la Troika y sus hombres de negro, con sus conciencias negras y su estela de sufrimiento y violencia social. Hace tiempo que el teatro insiste en ser insoportable.
Si no se percibe posibilidad alguna de mejora social, si no plantea alternativas reales, si la democracia se vuelve una forma de manipulación y corrupción ¿para qué sirve la política? Lo normal, dice Sarroniandia, contestando a esta pregunta, es que los “ciudadanos condesciendan, se desencanten o desemboquen en el conformismo”. Aquí es donde estamos. Los estudios de opinión arrojan datos que parecen sacados de una película de terror: en el caso de España los políticos en general son percibidos como el segundo problema después del paro y el 71 por ciento desconfía de las instituciones europeas, incluido el Parlamento. He ahí el escenario: El personal se apresta a votar a unos tipos problemáticos para un parlamento del que no se fía. La situación no puede ser más kafkiana ni la calidad de la democracia más escuálida.
Se abre paso entre la gente el concepto de que Europa puede significar también- y significa muchas veces- barbarie. Lo saben muy bien los griegos, los jóvenes alemanes de los mini-jobs, los parados portugueses o los desahuciados españoles. La imagen de una Europa amenazante y plutócrata está empezando a sustituir esa otra concepción acrítica de antes de la crisis, apologética y cargada del papanatismo pro-europeísta, que nos vendió el bipartidismo. Esa Europa era, como la paz en el mundo, una aporía, que ahora se ha resuelto en una ofensiva generalizada del capital contra las clases populares. La Europa tramposa que habla de paz y hace la guerra, que habla de democracia e impone, con un cuasi golpe de estado, el Tratado de Lisboa, es una amenaza flagrante contra sus propios ciudadanos. Lo que se vendió como un bello sueño se ha convertido en una pesadilla sórdida .La peligrosa Bruselas nos agrede y a la vez, gatopardianamente, nos propone que vayamos mansamente a votar. No es el mismo idioma. “Necesitamos hablar el mismo lenguaje, decía Malcolm X, si el blanco utiliza el idioma de la violencia, tenemos que hablarle mediante la violencia. No tiene sentido hablarle a la gente en una lengua que no entiende”
La UE es un espacio demasiado grande para articular la lucha de los pueblos. Lo demuestra el hecho de que en todos estos años no haya habido, por ejemplo, una sola huelga general europea. La resistencia civil contra el tinglado neoliberal que desde Bruselas extiende la miseria, se desarrolla en los barrios, en las plazas, en los centros de trabajo y en los espacios pequeños. No se puede organizar la resistencia sobre la base de unas elecciones formales a un parlamento de feria.
Sabemos, en el colmo del cinismo, que los partidos incumplirán rigurosamente lo que están prometiendo. Unos por costumbre, porque siempre actúan así y porque no quieren hacer otra cosa. Otros quieren pero no pueden. Unos y otros darán apariencia de normalidad a la pantomima del domingo.
En estas elecciones ganará probablemente la abstención, pero sobre todo el desconcierto. La metáfora de las gafas hubiera servido a Muñoz Rojas para describirlo: “Y así vamos por el mundo, con unas gafas/ que nos pierdes y unos ojos que nos das/… y no vemos, Señor, no vemos/. No vemos, Señor”