Opinion · Bulocracia

El color rojo era un bulo con Franco

Francisco Franco no le ganó la Guerra Civil a la Segunda República, sino a “los rojos”. De eso estaba él completamente convencido. De hecho, el último parte de guerra de su bando, el que anunciaba el fin de la contienda, comenzaba: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo…”. Todos los que no eran afines a él, eran rojos. Y punto.

Por eso el régimen recelaba del color y la palabra “rojo” en todo lo que no fuera la sangre derramada, la boina de los falangistas, la capa taurina, el trapo de peligro de la playa y los coches, o las camisetas de las selecciones deportivas. Eran blancas durante la República y al principio de la dictadura, pero rojas de nuevo luego porque el general Moscardó, que asumió tras la guerra la política deportiva, convenció a Franco de que ir de rojo no era una herejía. Lo que hubiera sido imposible entonces es que a la selección de fútbol la llamasen La Roja, como ahora. Al caudillo le habría dado un síncope. Y eso que recupero la segunda franja roja en la bandera.

Para Franco el rojo era el color del comunismo, de la Unión Soviética, de China… de “los rojos”. La palabra “rojo” era algo que no procedía y tanto sus adeptos como los que no lo eran lo tenían claro. “Rojigualdo”, bueno, pero “rojo” solo, nunca. Así que “rojo” o “roja” se sustituía incluso hasta llegar al esperpento. Sin ir más lejos, la inocente Caperucita Roja del cuento infantil era asiduamente rebautizada como “Caperucita Encarnada”. Se ve que una encapuchada roja perseguida por un lobo que al final es derrotado no podía ser.

“Encarnado”, “colorado”, “bermejo”, “abermellado”… Estas palabras se utilizaban habitualmente en todo tipo de textos para evitar mencionar “rojo”. Y otro ejemplo lo tenemos en los anuncios y etiquetas del clásico Anís del Mono, que volvió a popularizar muchos años después el gran Chiquito de la Calzada: “Tú no tienes un graduado escolar, tú tienes una etiqueta de Anís del Mono”.

“Dulce: etiqueta encarnada. Seco: etiqueta verde”. “Etiqueta verde, un mono verde; etiqueta encarnada, un mono”. Al “encarnado”, que mira que suena mal, aludían los anuncios de este licor porque con Franco tampoco en la publicidad convenía el color rojo, y menos ‘de etiqueta’.

Solo ‘se podía’ hablar abiertamente de “rojo” para referirse a “los rojos”, y en pasado. Entonces sí valía, incluso para anunciar sombreros.

Pero otras veces no bastaba ni siquiera con cambiar de palabra, como en 1943 en Almería. Entonces las autoridades franquistas derruyeron, se supone que por comunista, un monumento a los Martires de la Libertad o “coloraos”, llamados así porque vestían camisas rojas.

Los “coloraos” fueron las víctimas de un trágico episodio en la ciudad andaluza en 1824, mucho antes de que “los rojos” inquietasen a Franco. Eran liberales a favor de la Constitución de 1812, llegados a Almería para pronunciarse en contra del absolutismo de Fernando VII y finalmente fusilados por orden del rey.

Franco fue rojo

Teniendo en cuenta que a Franco le gustaba menos el color rojo que a un gato un limón, verse todo “encarnado” en un sello como si fuera Mao Tse-Tung debió de producirle urticaria. Porque hubo un sello rojo de Franco, aunque no duró mucho.

En 1955 se emitió la serie básica de sellos con la cara del jefe del Estado, 21 estampillas iguales con diferentes colores y tonalidades: amarillo, verde, naranja, azul… ¡rojo! El sello del generalísimo Franco de 2 pesetas era rojo, “encarnado”, “colorado”, “bermejo”, “abermellado”…

Ese sello rojo de Franco estuvo en circulación apenas un año. Entonces cambiaron su color a un magenta que serviría para la franja de la bandera republicana. La justificación oficial del cambio de color atendía a que el tono rojizo del sello de 2 pesetas se confundía demasiado con el anaranjado de la estampa de 1 peseta. El caso es que Franco dejó de ser rojo en los sellos y por más que se barajasen razones, la más evidente era la de siempre, que el dictador y el rojo eran incompatibles.