Opinion · Bulocracia

El clásico del centésimo mono

Esta extendida falsa creencia del «centésimo mono» llevaba ya años entre nosotros, pero Internet ha ido recuperándola hasta llegar a encumbrarla. Porque la Red es poderosa propagando lo que sea y si es de por sí llamativo, como esto, mucho más.

La teoría o «efecto del centésimo mono», o del «mono cien», dice que cuando un determinado número de ejemplares de una especie, no necesariamente monos, logra aprender a hacer algo, ese conocimiento se expande sin más hasta cuajar en otros ejemplares de esa misma especie, que ‘aprenden’ espontáneamente a hacer eso que han conseguido dominar animales como ellos quizás a miles de kilómetros.

Es decir, cuando se alcanza un número crítico de iniciados, no se sabe por qué, un comportamiento aprendido se propaga casi de manera instantánea, en este caso de un grupo de monos hasta los demás monos del mundo.

Todo esto, que no es verdad, se basa en que, supuestamente, unos científicos japoneses comprobaron que algunos monos de una isla nipona aprendieron a lavar batatas, y los monos que les rodeaban tomaron nota, sobre todo los más jóvenes, provocando que se llegara a ese número crítico de monos que habían adquirido ese nuevo conocimiento, el llamado «mono cien».

Al parecer, este bulo siempre actual se originó en 1975 gracias al sudafricano Lyall Watson, que fue quien ingenió la teoría del centésimo mono afirmando que se basaba en una «observación realizada por unos científicos japoneses». Se lo inventó y lo expuso en el prólogo de un libro de Lawrence Blair llamado Rhythms of vision.

Watson describió luego, en 1979, otro sorprendente suceso en una de sus obras, Lifetide: The Biology of Consciousness, a todas luces también inventado, en el que él mismo daba patatas sucias en lugar de batatas limpias a un grupo de monos de una isla de Japón. Ninguno las hacía caso, hasta que una mona lavó una patata, se la comió y eso convenció a casi todos los demás. Los mayores no aprendieron a hacerlo, pero todos los jóvenes sí. Fin de la historia.

Y es que a Lyall Watson, que murió en 2008 a los 69 años, los monos le quitaban el sueño. Les dedicaba tanto tiempo -más que a ellos, a escribir sobre ellos-, que llegaba a alucinar. Después han surgido otros entusiastas de esta vieja y falsa creencia y la historia se ha ido personalizando y ampliando hasta nuestros días.

Así, una de las últimas recreaciones que se pueden ver por la Red recuerda que «hace mucho tiempo, en un pueblo de Japón, había un mono llamado Emo». Los monos entonces comían manzanas sucias del suelo, pero un día a Emo se le cayó una al agua y, sin querer, lavó la fruta, se la comío y le supo mucho mejor. Desde entonces, lavaba con agua cada manzana que iba a comerse.

A Emo le observó otro mono, y a ése, otro, y así hasta llegar a «cien» o al número crítico que expande por cupo la nueva pauta por el mundo. Esta otra falsa aventura contada más tarde sería anterior a la patraña datada en 1975 y se situaría en la isla de Koshima en 1952.

En fin, que hay docenas de versiones, pero ninguna es cierta. La teoría o efecto del centésimo mono o del mono cien es mentira para la ciencia. El bulo mola y hasta parece sensato, pero no tiene ningún sustento científico y aunque se citan algunas presuntas fuentes, ninguna corrobora el asunto.

Solo se ‘sujeta’ con ‘indicios’, los que dicen tener unos pocos incondicionales y entusiastas de las cosas de Lyall Watson. Aunque no tan pocos, porque esta teoría también la han hecho suya docenas de gurús exotéricos y sectas varias. Así que defensores tiene unos cuantos. Como empeñarse en que la Tierra es plana, por ejemplo, que igualmente concentra multitud de devotos pero ninguno puede probarlo. Ni podrá.