Buzón de Voz

La niña del exorcista aún tiene futuro

A los cuatro días de su nacimiento, la niña del alegato final de Mariano Rajoy en su primer debate con Zapatero ya reina en YouTube y en los teléfonos móviles. Recibe mil apodos, desde Rajoydi hasta Esperanza pasando por la niña del exorcista. No es seguro que el padre de la criatura haya sido Pedro Arriola, gurú demoscópico del PP, o Antonio Solá, asesor personal de Rajoy. O los dos juntos, porque la historia guarda muchas semejanzas con otras dos: la que incluyó el candidato demócrata norteamericano Barak Obama en su ya célebre discurso de New Hampshire, y un spot electoral de Cristina Fernández de Kirchner durante la campaña que la llevó el año pasado a la presidencia de Argentina. Obama hablaba de "las esperanzas de la niña que va a una escuela que se cae a pedazos en Dilon" y doña Cristina narraba el nacimiento y evolución de Dolores Argentina, una pequeña que llega al mundo durante la peor crisis económica de ese país, en 2001, y va observando cómo a lo largo de su niñez se van resolviendo todos los problemas gracias a la gestión de Néstor Kirchner, el marido de la susodicha.

Ya no sorprende que el PP haya bebido de diversas fuentes para alumbrar ese tragicómico relato en el que su candidato, mirando a la vez a los papeles, a la cámara y a un reloj colgado a su izquierda, dice que quiere que esa niña nacida en España "tenga una familia, una vivienda y unos padres con trabajo. Que se pueda pasear por todo el mundo sin complejos, porque sabrá idiomas...". Y no extrañan las semejanzas porque también han copiado propuestas de Sarkozy y de Merkel y hasta vídeos mexicanos. Lo que se llama un talento natural para la originalidad en el marketing político.

De miedo

Sin embargo, en el contexto del primer cara a cara entre Zapatero y Rajoy, parece más adecuado el paralelismo con aquel terrorífico personaje interpretado por Linda Blair en El exorcista. De la película dirigida en 1973 por William Friedkin, nominada a diez Oscar y basada en hechos reales, todos tenemos grabada en nuestro disco duro de la memoria la escena en la que la niña Regan, presuntamente poseída por el diablo, hace girar su cabeza como una peonza al margen del resto del cuerpo, con los ojos inyectados en sangre, brazos y piernas temblando espasmódicamente... Vamos, un horror absoluto. Como absoluto era el suspiro de toda la sala cuando la niña se quedaba ya tranquila y cada miembro del cuerpo regresaba a su posición natural. Así de relajado se quedaría un espectador poco avisado después de ver a Rajoy acusando a Zapatero durante hora y media de todos los males que en España han sido, incluso de algunos otros en el extranjero. La historia de la afortunada niña permitía irse a la cama con la idea de que el demonio había sido por fin expulsado del plató.

En el PP, consideran que el debate fue un éxito, a pesar de que esos noventa minutos fulminaran los tímidos intentos de Rajoy en los primeros días de campaña por aparecer como un líder moderado y centrista. El lunes, Rajoy salió a ganar pertrechado con el mismo armamento que ha utilizado durante toda la legislatura. En el PSOE, reconocen que Zapatero debió mostrarse más contundente en las respuestas, pero también confían en los sondeos que auguran una alta participación y una tendencia al alza del voto útil en la izquierda.

Lo cierto es que los mítines han perdido interés y la campaña gira casi exclusivamente en torno a los debates. Nadie cree que hagan cambiar el voto, pero sirven para algo fundamental: reforzar o dilapidar la credibilidad de un candidato ante los indecisos o los perezosos. El próximo lunes, Rajoy está obligado a compensar los excesos del debate anterior y a comportarse como hombre de Estado, capaz de plantear propuestas de futuro. Esta vez, será Zapatero quien abra cada bloque de contenido, y por tanto puede marcar la iniciativa en el tono y los asuntos concretos. Rajoy cerrará el debate sin  variar el fondo de su mensaje: "Yo o el caos".

Las películas basadas en hechos reales suelen fallar precisamente en la exageración absoluta de lo ficticio. Ese truco sólo da resultados en el género de terror. Y los ciudadanos, ante un aluvión de malos augurios, tienden a hacerse algunas preguntas sencillas: ¿pero yo vivo mejor o peor ahora que hace cuatro años? ¿Y este candidato me inspira confianza o no? Sus propias respuestas influyen mucho más en el voto que un mareo de cifras mejor o peor maquilladas. La mayoría de los ciudadanos vota, como proclama el PP, con cabeza y corazón, y en los momentos más trascendentales que hemos vivido en democracia la gente ha votado con todas sus fuerzas, como sostiene el PSOE, y con toneladas de sentido común. La niña del exorcista puede dormir tranquila. Aún tiene futuro.