Buzón de Voz

Disparos de intolerancia

Aún es pronto para saber si la matanza de Tucson pasará a engrosar ese macabro listado de sucesos que conmocionan de cuando en cuando a Estados Unidos para acabar transformados en una mala película con protagonista loco o conspiración siniestra. Sin embargo, los tensos debates políticos surgidos de inmediato en las televisiones, diarios y redes sociales invitan a pensar que esta vez hay elementos que trascienden ese de por sí disparatado culto al libre uso de armas de fuego. "Nos hemos convertido en una meca del prejuicio y la intolerancia; sólo hay que ver cómo responden estos desequilibrados a la bilis que sale de ciertas bocas cuando hablan de acabar con el Gobierno". Estas palabras pronunciadas ayer por el sheriff del condado, Clarence Dupnik, resumen la sensación de indignación y vergüenza que parece empezar a calar en parte de la ciudadanía.

Gabrielle Giffords, la congresista demócrata atacada en un tiroteo que costó otras seis vidas, había sido señalada por las huestes ultraconservadoras del Tea Party por su defensa de leyes progresistas o por su rechazo a una ley de inmigración racista en el estado de Arizona. El detenido Jared Loughner, solo o en compañía de otros, lo que hizo en su locura fue ejecutar una especie de merecido castigo alentado con mayor o menor crudeza por políticos, predicadores y periodistas de esa derecha intolerante que utiliza la rabia y el odio como herramientas para recuperar el poder.