Las urgencias del discurso único

Una de las peores consecuencias de la imposición de un discurso único es la alteración del orden de los factores. Primero se asume como imprescindible e indubitable un objetivo determinado, y luego se pueden discutir ciertos matices sobre la forma de lograr ese objetivo. En lugar de plantear las distintas soluciones a un determinado problema y luego elegir la mejor posible, se establece de entrada una determinada solución, de modo que sólo quepa debatir acerca de plazos, impactos, formas o volúmenes. “Hay que reducir drástica y urgentemente el déficit público”, y a partir de esa sentencia se eligen las partidas donde meter la tijera, pese a que tal ejercicio provoque un lastre inmediato en el crecimiento económico. “Hay que retrasar la edad de jubilación porque la gente vive cada vez más años y habrá menos cotizantes”, y a partir de tal premisa se trata de negociar cuántos años se alarga la vida laboral y cuántos el periodo de cotización exigible, aunque hasta el momento jamás se hayan cumplido los pronósticos ni demográficos ni de productividad ni de incremento del PIB. Ayer mismo, la cumbre europea asumió el nuevo objetivo declarado por Alemania y Francia. “Hay que firmar un pacto sobre competitividad” que quizás incluya la desvinculación entre salarios e inflación o un tope por ley al déficit público. ¿Y por qué no son más urgentes un pacto contra la desigualdad económica o una tasa global sobre las transacciones financieras especulativas?