Buzón de Voz

La pasta y el poder, por este orden

En agosto de 2006, Federico Jiménez Losantos sufrió un agudo ataque de sinceridad. Entrevistado cariñosamente por El Mundo le preguntaron qué le decían sus hijos después de escucharle en la radio. Cabe suponer que la pregunta se refería a los insultos y barbaridades que suelta cada mañana, porque su respuesta fue: «"Cuando alguno lo hace me dice: ¿Y no puedes decir eso mismo de otra manera?". Yo le respondo: "Ya, e ibas a estudiar tú en una universidad americana si lo digo de otra manera"».

Eso sí que es tener las "ideas claras" y no las del lema electoral del PP. Losantos puede haber sido en su juventud comunista y maoista y mutar con los años a un liberalismo neoconservador trufado con ramalazos genuinamente ultras. Pero lo que tiene meridianamente claro es el negocio. Hace ya tiempo que descubrió la altísima rentabilidad de sus monólogos matutinos y de sus tertulias incendiarias. Importa poco si al que conviene atizar es al rey, al fiscal general o a la madre de una víctima del 11-M. Menos importa aún si las homilías se basan en alguna verdad contrastable o en la simple inquina. A tal conclusión crematística llegaron también el cardenal Rouco Varela y otros altos miembros de la jerarquía eclesiástica: con Losantos la Cope les da algún disgusto, pero sobre todo da dinero.

Esa prioridad no es incompatible con el segundo interés del personaje y de su emporio: dictar al principal partido de la oposición la estrategia que debe seguir y los líderes idóneos para ejecutarla. Losantos nunca encontró grandes virtudes en Mariano Rajoy, alias maricomplejines, pero lo apoyó durante los cuatros años en los que el PP se plegó a sus intereses. Desde el 9 de marzo las cosas son distintas. Rajoy ya no le sirve y, con el visto bueno de Pedro Jota, no parará hasta devolverlo a su plaza de registrador de Santa Pola.