Responder al fanatismo

Es cierto que resulta prácticamente imposible evitar que un psicópata ejecute una matanza. En ningún lugar del mundo. La conmoción roza la incredulidad cuando sucesos tan irracionales como los ocurridos el viernes en Noruega ocurren precisamente en lugares así, “donde nunca pasa nada”, por mucho que los celebrados autores de la novela negra escandinava vinieran dibujando en sus relatos una sociedad mucho más compleja y violenta que la imaginada por el resto del mundo.

No se puede prevenir la acción individual de un perturbado que durante meses elabora el plan minucioso de una masacre, pero sí se puede y se debe actuar sobre las fábricas de odio que a diario distribuyen su mercancía en la aldea global. El detenido como autor de esa cacería humana en la isla de Utoya es un fanático ultraderechista en cuya mente se han ido entremezclando ingredientes como la xenofobia, el populismo o la intolerancia religiosa.

Puede argumentarse que lo urgente es impedir el acceso a materiales susceptibles de convertirse en explosivos o prohibir totalmente la venta de armas, incluidas las de caza. Pero lo importante es responder de forma contundente al fanatismo con las armas que más daño le hacen: la justicia, la democracia, la convivencia, la educación, la tolerancia… Esos valores que permiten defender el respeto a todas las personas pero no a todas las creencias. Propagar falsedades que incitan al odio o a la violencia también es un crimen.