Cartas de los lectores

10 de agosto

La agricultura en crisis
Si bien la subida del gasóleo está suponiendo un fuerte revés para la rentabilidad y viabilidad de las explotaciones de los agricultores, más importante aún viene siendo el incremento en el precio de los fertilizantes, directamente relacionado con la subida en los carburantes. A todo esto, también cabe sumar el significativo encarecimiento en el precio de los fitosanitarios, como consecuencia de la política de Bruselas de reducción de sustancias activas.
Para ilustrar estas ideas cabe destacar como datos de la crisis que, en el último año, el gasóleo agrícola ha subido más del 60%, y los fertilizantes un 100%, si bien los más usados como triple quince o el nitrato potásico lo han hecho un 130%. Ante esta situación, es conveniente que haya unidad de acción, dejando así de manifiesto que se trata de un problema común y que, por tanto, afecta a todos los agricultores.
Por si fuera poco, la desesperada situación por la que atraviesa el agro se ha visto agravada por la última crisis ganadera –uno de los sectores más vapuleados por la subida de los inputs– y por la reciente huelga de transportistas, motivo por el que se demanda a la Administración una mayor agilidad y sensibilidad a la hora de aportar soluciones y medidas paliativas.
Todo eso viene agravado por la diferencias entre los precios en origen y los que paga el consumidor. No obstante, en los últimos días los medios de comunicación están concienciando a la gente de este desfase. Es de agradecer, esperemos sea para bien y las administraciones reaccionen.
Domingo Martínez Madrid / Baños de Valdearados (Burgos)

Por un puñado de dolares
Hamdam, el chófer de Bin Laden, ha sido condenado a cadena perpetua. A pesar de que ha quedado demostrado que no formó parte de la conspiración del 11-S; de que el juicio estuvo plagado de coacciones, abusos y secretos; de permanecer detenido durante años sin conocer sus cargos ni recibir asesoramiento legal, la "justicia" aplicada en Guantánamo considera que su colaboración material, conduciendo el coche del terrorista, es suficiente motivo para declararlo un enemigo combatiente y encerrarlo de por vida.
Hamdam cobraba unos doscientos dólares mensuales por su trabajo. Eso le proporcionaba la posibilidad de mantener a su familia. Un trabajo es un trabajo y cuando la necesidad aprieta uno no está para discusiones éticas contra su jefe. Porque si tiráramos de ese hilo, ¿a cuántos de nosotros se nos podría juzgar por prestar nuestros servicios a personas o entidades de dudosa catadura moral? En España, durante cuarenta años de dictadura muchas personas se ganaban el pan colaborando materialmente (en función de su trabajo) con el régimen de Franco. ¿Se les tenía que haber pedido que antepusieran su oposición a los golpistas, a su necesidad cotidiana de comer?
Al margen de las consideraciones sobre la justicia aplicada en Guantánamo por EEUU, ejemplo para el mundo en cuestión de violaciones de derechos humanos, al final nos queda un amargo sabor de boca al constatar la impunidad con la que se retuerce el discurso para culpabilizar a los más humildes, incapaces como son de pillar al auténtico cerebro de los atentados.

Si en un futuro muy improbable se declarara a Bush responsable de sus crímenes de guerra, ¿acabarían condenando al conductor que lo transporta? Probablemente sí, porque ya decía mi abuela: "Bueno es que haya chicos para que se lleven la culpa de todo".
Ana Cuevas Pascual / Zaragoza

Y nosotros, ¿qué podemos hacer?
Hace muchos años que no se oye hablar del invierno caliente que se avecina, como cuando existía todavía un movimiento obrero activo. Uno estaba concienciado cuando sabía que los problemas que le acuciaban no eran exclusivamente suyos sino del grupo de personas que pertenecía a su misma clase social, y actuaba en consecuencia. Entonces, como siempre, la clase trabajadora era la que tenía los problemas más acuciantes. Hoy no existe clase trabajadora, no porque se haya volatilizado al calor del liberalismo triunfante, sino porque no existe conciencia de clase.
Hoy cada uno piensa que los apuros que pasa son sólo suyos. El caso es que seguimos teniendo los mismos problemas, pero nos conformamos con criticar al gobierno o cambiar el voto. Nos hemos asimilado a una democracia representativa y nos ha relajado de tal manera que somos incapaces de practicar algo que no habíamos dejado de hacer en toda la historia: intervenir activamente en la solución de nuestros problemas. No individualmente, sino como grupo que comparte niveles salariales y expectativas laborales.
Hoy ya puede caer el empleo a cotas históricas o tocar fondo nuestro poder adquisitivo, nos da igual. Vivimos en la certeza de que las calamidades que sufrimos son exclusivamente nuestras, como una especie de castigo divino del todo poderoso dios Mercado. Nos hemos vuelto conformistas. El problema no es menor si tenemos en cuenta que nuestros asuntos se deciden en organismos cada día más lejanos e irreconocibles y observamos a diario cómo nuestros gobiernos se van habituando al ya familiar gesto de encogerse de hombros. La culpa es del petróleo –dicen– pero nosotros, ¿qué podemos hacer?
Mario L. Sellés / Madrid

Queda mucho por hacer
Hace unos días, decidí pasar un día de pesca con mi familia en un pantano cercano. Cuando llegamos estábamos solos, pero un poco después llegó una pareja de chicas que se pusieron a hacer topless. Según fue avanzando la tarde fueron llegando más personas y comenzaron a hostigar a las chicas, hasta el punto de conseguir que se marcharan.
Sabía que seguíamos siendo un país rancio, pero no hasta este extremo. No tengo que decir que esta gente que actúa así es la misma que va los domingos a darse golpes en el pecho. No cabe duda, aún queda mucho por hacer.
Víctor M. Sánchez Caamaño / La Iglesuela (Toledo)