Realpolitik

Una campaña marciana (3): Albert Rivera y la campaña de Schrödinger

Para tratar de ilustrar la campaña electoral de Albert Rivera, tras muchos intentos infructuosos de tomar como ejemplo algún partido River-Boca (error) , alguna épica batalla protagonizada por algún oscuro general cartaginés (nuevo error) , o incluso alguna partida de ajedrez entre reyes jugada la noche de los tiempos para definir la propiedad de una península arábiga ( nada, tampoco), no me ha quedado más remedio que tirar de la física cuántica, concretamente del profesor Erwin Schrödinger.

El doctor Schrödinger, premio Nobel de física para más señas, y que parecía encontrarse ante un imposible metafísico como el que yo trato de abarcar en estas líneas tratando de encontrarle alguna lógica a la campaña de Rivera, ideó un experimento tremendamente didáctico para explicar las paradojas de la física cuántica.

Dicho experimento está compuesto por una caja opaca cerrada que contiene un gato, una ampolla venenosa y un dispositivo que contiene una partícula radiactiva con el 50% de probabilidades de desintegrarse. Si esto ocurriese, la partícula desintegrada provocaría que el veneno se liberase y el gato muriera. La probabilidad de que el gato esté vivo o muerto es del 50% en ambos casos y la única forma de averiguar qué ha ocurrido es abriendo la caja.

Schrödinger afirmaba que, hasta el momento en que la caja se abriese, el gato estaría"vivo y muerto al mismo tiempo".

Pues miren,  me cambian al gato por el señor Rivera y la partícula radioactiva por la campaña de Cs de cara a estas elecciones generales y ya lo tienen ustedes.

Porque me reconocerán que lo de Cs - con la honrosa excepción de Arrimadas en Catalunya- debe ser cosa de mecánica cuántica, o de meigas, que uno ya no sabe, porque son el partido al que mejor le van las encuestas cuando no hay elección alguna en el horizonte cercano y que en cambio, es convocarse una elección y su único afán es echar por tierra todo lo conseguido anteriormente, eso si, de forma muy ordenada y elegante.

Miren, si ustedes preguntan hace unos pocos meses a cualquier analista político, la sensación de que marchábamos de cabeza hacia un gobierno encabezado por Rivera era católica (por lo universal, me refiero):

Un PP desangrándose electoralmente a chorros y ensimismado en su batalla interna, un PSOE dedicado a eso que hacen tan bien los socialistas cuando no gobiernan, que es matarse unos a otros sin límite de causa, y sobre todo un enemigo que cumplía todos los clichés de los villanos de tebeos de Serie B de los años 70 del siglo pasado, el malvado nacional-separatismo-secesionismo-y-olé.

A Rivera en aquel momento le bastaba con hacer una cosa, y que además no era demasiado complicada, y consistía basicamente en quedarse quieto, dejar que sus enemigos siguieran cometiendo errores sin reparar en su presencia y llegar a las elecciones con las filas propias en buen estado de revista.

Pero no, la tendencia a la sobreactuación y a ocupar espacios permanentemente en los medios, acompañada por un un error estratégico verdaderamente notable (correr como desesperados hacia la derecha para tapar a Vox, blanqueándolo de paso entre su electorado) y otros dos errores tácticos tan dramáticos como no forzados ( la famosa foto de las tres derechas en la plaza de Colón y el veto al PSOE que han dejado todo el espacio central a los socialistas), han dado al traste con esa posibilidad de presidir un gobierno de carril, dificultando enormemente su desempeño electoral en la próxima contienda.

Así las cosas, a punto de comenzar la campaña electoral, para el españolito de infantería y dada la profusión testosterónica y banderil, poco queda de aquel Rivera perfectamente identificable de hace unos meses,  y hoy forma parte de un magma en el que es muy difícil deslindar dónde comienza Rivera y donde acaba Casado... o Vox.

Y lo que es más grave, en estos momentos, a escasas semanas de acudir a las urnas, tengo la convicción de aquellas cohortes de electores huérfanos de centro-izquierda que dudaban entre votar Cs o PSOE, hoy no albergan ya duda alguna al respecto.

Pero como en el experimento de Schrödinger, hasta que no abramos la caja no vamos a saber qué narices ha pasado con el maldito gato.

A no ser que Iceta vuelva a abrir la caja antes de tiempo y se lleve al gato para pasearlo por las ramblas ante el asombro del respetable, que visto lo visto todo es posible.