Una campaña marciana (5): El capitán Abascal y las 20.000 millas de campaña submarina

¿Se puede hacer una campaña electoral ganadora sin prácticamente aceptar entrevistas en prensa, radio y televisión?

Pues si exceptuamos las concedidas a un prestigioso medio online  lleno de periodistas de colmillo retorcido como es Armas.com  y el siempre duro y complejo cuestionario político y social al que somete  a sus entrevistados nuestro Stephen Sackur patrio, que no es otro que Bertín Osborne, siempre a la búsqueda de contradicciones y pifias al mejor estilo de la BBC, parece que Abascal está dispuesto a demostrar que se puede. Vaya si se puede.

El presidente de Vox, Santiago Abascal, durante un acto electoral en el Kursaal de San Sebastián. EFE/Javier Etxezarreta
El presidente de Vox, Santiago Abascal, durante un acto electoral en el Kursaal de San Sebastián. EFE/Javier Etxezarreta

Y no es que Abascal esté empeñado en suicidarse, la cosa es muy otra,  Vox quiere demostrar que en nuestro país también puede funcionar un modelo de campaña en el que situando a los medios de comunicación independientes dentro del juego político, se le permita atacarles como si de rivales electorales se tratase y de paso ningunear su papel de intermediarios sociales,  apostando por un modelo de propaganda directa con sus votantes a través de mítines masivos  y redes sociales, dos canales jerárquicos y verticales que impiden que la prensa ejerza su papel.

No estamos ante un modelo de campaña ni excesivamente nuevo ni demasiado original, de hecho es el modo en que han manejado sus comparecencias electorales otros dos miembros de la sorprendente internacional nacionalpopulista como son Trump o Bolsonaro, con inmejorables resultados para ambos, por cierto.

La campaña de Vox no navega sobre la mar, como lo haría de forma gallarda una de Blas de Lezo, ni ataca a pecho descubierto con gran riesgo de su vida, como haría el viejo tercio de Flandes, sino que se esconde cobardemente en las redes, y como si de un secreto vergonzante se tratase, solo aflora en actos multitudinarios, ambos, por supuesto, sin posibilidades de que un periodistas listillo pueda hacer preguntas incómodas al líder.

Es una campaña submarina, emboscada, agazapada, una campaña que corre a golpe de memes bobalicones en Whatsapp llenos de banderitas, lugares comunes  y orgullo patrio de baratillo.

Una campaña que a base de mentiras y medias verdades que apela a nuestros peores instintos para, de acuerdo a nuestras presunciones más inconfesables y canallescas, usarnos como multiplicadores de su veneno en nuestro entorno familiar, laboral y social, fundamentalmente compartiendo sus memes a través de los grupos de Whatsapp en los que participamos: Madres y padres del cole, grupos de familia, antiguos alumnos… etc.

No esperen que pongan a su disposición un programa de gobierno mínimamente viable, ni lo tienen ni por supuesto si lo tuvieran dejarían que la prensa y sus rivales pudieran estudiarlo mínimamente para buscar contradicciones.

A las huestes de Abascal les basta con ejecutar dos movimientos sencillos y que no exigen el concurso de la prensa: el primero, provocar a la izquierda exquisita y bobalicona con propuestas desquiciantes para que reaccionen, llenen las redes sociales de insultos, y lleven en volandas sus barbaridades a las cabeceras de los medios. Y el segundo: envolver su nada programática en celofán pintado de colores patrios y con banda sonora imperial. Así de sencillo. Así de efectivo.

Porque no lo duden, como ya ha demostrado Steve Bannon, estratega de la victoria de Trump y la mano que mece la cuna del nacionalpopulismo en muchos otros países, en tiempos como los que vivimos en los que el impacto de la prensa tradicional y las televisiones no deja de disminuir y en los que la globalización ha complicado enormemente la tarea de explicar de forma sencilla políticas que han de ser necesariamente complejas, los chicos listos han encontrado ya una via de impacto en nuestros más inconfesables complejos. Y funciona. Vaya si funciona.