Opinion · Realpolitik

Breve manifiesto en defensa de una política aburrida

No sé si lo recuerdan, probablemente los más jóvenes no, pero hasta el año 2008, el año en que comenzó la gran crisis y la recesión económica, la política española era maravillosamente aburrida.

A ver, las elecciones tenían su cosilla, pero sólo había dos partidos que peleaban por gobernar mientras otras formaciones trataban de cumplir objetivos más modestos. Después se producía una sesión de investidura a la que el candidato acudía con sus deberes hechos y una mayoría suficiente para gobernar y ¡hala!, cuatro años de leyes, decretos, control del parlamento por parte de la oposición y debates ideológicos de cierto calado doctrinal. Lo que viene siendo una democracia.

En esos lejanos tiempos, se lo crean o no, era posible ver un informativo sin sufrir un infarto, seguir una tertulia política sin necesidad de bajar el volumen cada dos minutos e incluso – la locura- pertenecer a un partido político sin sentir la necesidad imperiosa de odiar a los militantes del resto de partidos.

Pero en 2008 comenzó a cambiar todo, primero en lo económico, después en lo social, y finalmente en lo político; la crisis, como si de una epidemia de gripe se tratase comenzó a infectar a todos los intermediarios sociales tradicionales , desde los partidos a los sindicatos, desde la prensa hasta las organizaciones de la sociedad civil, produciendo en lo que antes era un espeso magma social  los espacios suficientes como para que tanto jóvenes activistas con brillantes ideas de cambio como toda clase de aventureros sin más objetivo que su propio beneficio comenzasen a llamar la atención de una ciudadanía deseosa de disponer de unos representantes que fueran capaces de gritar su cabreo,  comprender su frustración y movilizar sus deseos de cambio.

Y bueno, ahí comenzó todo. La política (o algo que tenía una sabor parecido) comenzó a llenar espacios televisivos, los políticos se convirtieron en rutilantes estrellas mediáticas, los medios de comunicación, en plena pelea por su propia supervivencia, comenzaron a disputarse en sus programas a estos nuevos Elvis que lejos de medir sus apariciones televisivas a espacios en los que pudiesen aportar algo, asumieron que estaban en una mera batalla posicional, una pelea por la conquista de espacios cuya primera víctima fue el rigor, acompañado inmediatamente por la solvencia.

Y así, pocos años después, hemos despertado ahitos de épìca, empachados de “storyteling”, hartos de “días históricos” y sobre todo tan huérfanos de política como faltos de un gobierno con vocación de permanencia… o de líderes que sean capaces de mirar más allá de sus propias siglas.

Y es en este momento, más de diez años después del comienzo de esta conversión

de lo político en materia de libros de caballerías, un territorio de elecciones siempre épicas, traiciones en blanco y negro,  e históricas remontadas que nunca sucedieron, cuando creo que es razonable volver la cabeza hacia atrás y preguntarnos a nosotros mismos si este es el camino que deseábamos o si por el contrario, tras pensarlo detenidamente,  consideramos que a lo mejor es más útil cambiar la épica de la batalla por la lírica del gobierno, a Wagner por Puccini, y los duelos al amanecer  por planes estratégicos corales que ayuden a los que más lo necesitan.

Y  sobre todo recuperar el aburrimiento en política, ese bendito aburrimiento  que hace que las cosas funcionen sin necesidad de escalar montañas, atravesar océanos o sacrificar a tu primogénito en el altar de un dios cruel y vengativo cada día.