Opinion · Realpolitik

Lecciones desde la vieja política

Me había acostado bastante tarde después de cenar con un cliente latinoamericano para el que estábamos trabajando, un candidato a la alcaldía de una de las ingobernables macro-urbes latinas para el que habíamos preparado un estudio cualitativo con el fin de evaluar sus posibilidades reales de ganar la elección y en la que me tocó contarle que la cosa estaba entre lo improbable y lo imposible, tirando más hacia lo segundo. Una cena complicada.

Al llegar a casa me costó conciliar el sueño descartando algunas ideas locas de campaña, y cuando por fin conseguí cerrar los ojos sonó el móvil, definitivamente iba a ser un día de esos.

La suerte quiso que aquella noche lo hubiera dejado sobre la mesilla,  y a oscuras y sin demasiados heridos entre los libros que se amontonan sobre la misma,  logré agarrarlo contundentemente entre dos vibraciones libidinosas (seguimos hablando del móvil)  y contesté. No eran aún las siete de la mañana.

Al otro lado del teléfono una buena amiga ( que además tiene una voz maravillosa)  me decía que su jefe, a la sazón expresidente del gobierno, quería salir a los medios con unas declaraciones, pero controlando el mensaje para que no pudieran malinterpretarse.

Les confieso que a las siete de la mañana y recién levantado no soy  precisamente rápido de reacciones, a mi cerebro diesel le cuesta al menos dos cafés cargaditos alcanzar la velocidad de crucero, y a duras penas mientras lograba entender, alborozado, que a pesar de la hora y la prisa Oceanía no estaba aún en guerra con Eurasia, creo que logré  balbucear alguna idea más o menos inteligente.

La cosa es que tras mover cielos (pocos) y mucha tierra, a las diez de la mañana el equipo de Redlines había conseguido llegar a la oficina del mencionado expresidente del gobierno, cuatro personas incluyendo un cámara, un productor, un copy y un servidor de ustedes. Toda una demostración de la eficacia del café arabica por vía intravenosa.

No fue fácil buscar el tiro de cámara correcto, la iluminación deseada ni la decoración adecuada en el despacho espartano del cliente, hicimos lo que  pudimos y a la hora marcada apareció sonriente, estrechó manos, repartió abrazos y me dijo: ¿Vamos?

-¿Vamos?¿A dónde vamos?, dije yo con cara de evidente susto.

– Pues a grabar, contestó él.

Y sin papel alguno en la mano ni encomendarse a dioses o diablos, se sentó en la silla (¿Estoy bien aquí? ). Claqueta. Toma uno. Estamos rodando.

Ocho minutos después y en una sola toma, el expolítico en cuestión había terminado de decir lo que quería. Sin una sola duda, sin un maldito traspiés, hablando desde sus convicciones más íntimas y dándonos (los conté) 14 titulares.

Las caras de pasmo de todo mi equipo hubieran podido llenar varias horas de metraje de cualquier película de los hermanos Coen.

Se levantó de la silla, volvió a repartir besos y abrazos a todos los presentes y justo antes de que se marchase conseguí proponerle, además de servir la entrevista íntegra por los canales tradicionales, trocear los sound-bites más importantes y servirlos a través de WhatsApp, cosa que nunca había hecho pero le encantó y nos autorizó a realizarlo de forma entusiasta.

El video abrió esa misma noche todos los informativos de las televisiones y al día siguiente era portada en todos los periódicos, y  los cortes de WhatsApp, sin otra métrica válida, aparecieron en varios grupos de los que formo parte con políticos, periodistas y gentes de la Internet, compartidos además por personas que yo no esperaba.  Un éxito.

No hubo briefings, trainings, storytelling, war rooms, ni gaitas similares, solo un político veterano con España en la cabeza que tenía algo importante que decir y buscaba ayuda a la hora de elegir la mejor forma de hacerlo y los mejores canales para llegar al mayor público posible. Tan simple como eso. Tan difícil como eso.

Tras ver el vídeo ni un solo medio de comunicación se fijó  en el modelo de la silla, ni en la corbata, ni en la americana, ni en la planta que adornaba la mesa del fondo. Solo se habló del mensaje, del contenido y del remitente. De política.

Cuando vean las próximas semanas a los medios referirse a relatos evanescentes que mutan cada cinco minutos,  brillantísimas tácticas que nunca llegan a funcionar y partidas de ajedrez tridimensionales en las que pierden ambos jugadores piensen en esta historia, les ayudará a entender, como a mi,  que en este país y durante muchos años hemos caminado a hombros de gigantes, y que todo tiempo pasado no fue necesariamente ni más antiguo, ni peor.