Opinion · Realpolitik

De cómo los intelectuales se suicidaron saltando al vacío desde su propio ego

Pixabay.
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Fernando Vallespín es uno de los tipos más brillantes que conozco, leo casi todo lo que escribe con placer, he asistido a unas cuantas conferencias suyas con aprovechamiento demostrable  e incluso he tenido el privilegio de compartir micrófono y debate en alguna radio nocturna.

Pero Vallespín se equivoca.

Aprecio  personal, política e intelectualmente a Fernando Valespín y les puedo asegurar que es uno de los más rápidos, divertidos e irónicos  conversadores que conozco.

Pero Vallespín yerra.

Su carrera académica ha sido una de las más prematuras y luminosas que se recuerdan, su paso por diversas instituciones, desde el CIS a la Fundación Ortega-Marañón las ha convertido en lugares mejores, más competentes, más serios y más respetados.

Pero Vallespín se confunde.

Se equivoca, yerra y se confunde mi admirado Fernando Vallespín en un soberbiamente escrito artículo publicado en el diario El País el pasado fin de semana en el que bajo el  título  Cómo los tertulianos suplantaron a los intelectuales, un bello texto en el que carga contra la banalización y liviandad de nuestra sociedad describiendo con solvencia alguno de los males que la aquejan mientras absuelve otorgando indulgencias plenarias urbi et orbe a “los intelectuales” de su menguante influencia en la misma.

No voy a ser yo quien etiquete a esos intelectuales de los que habla Vallespín como “cabezas de chorlito”, no hace falta, eso ya lo hizo Dolores Ibárruri refiriéndose de esta forma injusta a Claudín y Semprún en una de las incontables purgas con las que se entretenía el PCE en el franquismo, pero les aseguro que no es por falta de ganas.

Vivimos, como sabiamente sostiene Vallespín, en una sociedad que se encuentra en plena mutación, hacia no sabemos muy bien dónde. Una sociedad que ha perdido sus anclajes sociales más sólidos  y en la que  la velocidad absurda con la que se transmite un paquete de datos entre dos smartphones sin necesidad de cable alguno ha sustituido en pocos años todo el orden y la cadencia con la que el conocimiento y la información circulaban por nuestras calles, escuelas, empresas y universidades.  Y la velocidad, aunque les parezca un elemento menor, no lo es en absoluto, sino que más bien al contrario y como señalaron Spinoza y posteriormente Deleuze determina el pensamiento y al ser en tanto que ser.

El pensamiento, siguiendo de nuevo  a Spinoza,  produce velocidades y lentitudes, y además  es inseparable de la velocidad o la lentitud que produce.

Pero volvamos al papel y a la influencia de los intelectuales en esta sociedad en permanente aceleración.

Como bien señala Vallespín una de las primeras consecuencias evidentes de este fenómeno es el reordenamiento de las jerarquías políticas y sociales al que siguió una caótica desintermediación con el consecuente reposicionamiento de los intermediarios sociales tradicionales ( gobiernos, partidos, sindicatos, medios de comunicación) sobre un magma ciudadano inestable, un reposicionamiento que ha determinado una pérdida de influencia social a la que no podían ser ajenos los cuerpos sociales que asentaban su influencia sobre los mismos, es decir políticos, funcionarios, periodistas/opinadores y singularmente, si, los intelectuales.

Dicho en otras palabras:

¿Puede siquiera soñar en mantener su prestigio  social quien juega con las reglas y los métodos del pasado?

¿Puede siquiera pensar en influir socialmente quien se dirige esencialmente a una sociedad que ya no existe con el lenguaje menos apropiado  y usando canales obsoletos?

La respuesta sólo puede ser una: No. Y de igual forma que no se puede acusar a los ciudadanos de votar erróneamente, sino a los partidos de no ser capaces de explicar sus propuestas de forma tal que sean capaces de articular mayorías, no es justo ni inteligente ni útil acusar a la sociedad de no escuchar a los intelectuales, sino a estos de no ser capaces de adaptarse a modos, tonos, acentos y velocidades de este nuevo tiempo político.

Mientras los intelectuales de los que habla Vallespín sigan pensando, como un conductor que circula en contradirección, que es la sociedad la que se equivoca y él quien acierta, deberán resignarse a la irrelevancia.

Hay otra solución, una mucho más costosa,  trabajosa y cansada: algunos intelectuales como Daniel InneraritySlavoj Žižek o Byung-Chul Han están consiguiendo creciente influencia social a base de romper con ese insoportable (pero comodísimo) elitismo que practican sus compañeros intelectuales de plantilla con lenguajes nuevos, el uso de canales emergentes o el aprovechamiento de la velocidad (y  la lentitud)  para generar historias, metáforas e imágenes que sirvan para hacer inteligibles sus ideas.  Pero claro,  para eso además de trabajo, hace falta talento y nadie dijo que los intelectuales tuvieran que tener de eso.