Opinion · Realpolitik

Siete cosas que ya sabemos de las próximas elecciones

Una persona deposita su papeleta en una urna. REUTERS
Una persona deposita su papeleta en una urna. REUTERS

Si no lo soluciona un repentino e inesperado ataque de sentido común, los españoles estamos a punto de vivir una nueva  y fascinante campaña electoral. Regocijémonos.

Bueno, lo de “nueva” no es del todo cierto, ya que a las mismas concurrirán los mismos candidatos, con programas similares, lemas parecidos y spots recurrentes en una suerte de “campaña de la marmota” a la que no sería capaz de sobrevivir ni siquiera el mismísimo Bill Murray.

Y como toda campaña electoral que se precie, viene precedida de un desmedido aparato pirotécnico en forma de encuestas y sondeos que ya pueblan nuestros medios y tertulias, produciendo una notable cacofonía que nos dificulta ver realmente lo realmente importante independientemente del resultado en escaños que arrojen hoy para uno u otro partido. No en vano esta nueva perversión de votar cada pocos meses que nos invade  ha hecho que seamos  conscientes de que los datos de un sondeo, convenientemente torturados, confiesan prácticamente lo que uno quiera.

Si les parece hablemos en primer lugar de un nuevo y sorprendente tipo de sondeo, esencialmente judeocristiano y más propio de Semana Santa que del tiempo litúrgico ordinario que transitamos hasta que comience el Adviento. Una especialidad demoscópica que puede convertirse en la gran aportación española a la moderna sociología: Las encuestas sobre la culpa.

A falta de negociaciones sustantivas de gobierno entre PSOE y Podemos, ambos partidos nos han obsequiado ( y entretenido)  durante estos meses posteriores a las elecciones de Mayo con una extraña batalla argumental en la que en lugar de buscar espacios narrativos comunes que dieran lugar a acuerdos programáticos, han peleado intensamente por adjudicarse el uno al otro la responsabilidad de que no se hubiera podido articular un gobierno progresista. Y todo ello, extrañamente,  meses antes de que hubiera concluido el plazo legal para la formación del mismo.

En este primer punto las encuestas tienen un ganador claro, la mayoría adjudica al PSOE de forma abrumadora la responsabilidad por no haberse podido llegar a un acuerdo. Felicidades a los premiados.

No podía ser de otra forma, la responsabilidad de formar gobierno recae, nos pongamos como nos pongamos, en quien obtiene la mayoría en las elecciones. A él le ha sido encargada por  el jefe del estado la formación de gobierno y de su habilidad política depende que lo haya o no. Es tan sencillo como eso. Y esta clara adjudicación de responsabilidades, a pesar de no ser clave a la hora de asignar nuestras preferencias en unas nuevas elecciones, alguna incidencia va a tener, por ejemplo, en la participación.

¿Y qué más cosas sabemos ya de las próximas elecciones si se producen?

En segundo lugar, y no es un dato menor,  sabemos que aún no estamos en modo electoral. Los efectos del verano y nuestro inveterado optimismo hispano hacen que aún veamos las elecciones como algo lejano que no ocupa espacio alguno en nuestras preocupaciones diarias en este septiembre de  vuelta al trabajo.

En tercer lugar, ya sabemos que la participación va a ser clave, y excepto invasión extraterrestre o evento de aniquilación masiva similar, será sensiblemente más baja que en Mayo. Seis puntos más baja en las previsiones  optimistas, y superando los diez de menos en las pesimistas. Es decir,  que hay un número aún indeterminado entre los dos y los tres millones de personas de las que fueron a votar en mayo se quedarán en sus casas en noviembre.

En cuarto  lugar,  ya sabemos que la distribución de esa nueva abstención no va a ser en absoluto homogénea. Es plausible aventurar  que afecte más al voto joven que al mayor, al voto urbano que al rural y al voto de quienes tienen menos recursos frente a los más favorecidos. Es decir, que previsiblemente acudirán a las urnas menos votantes presuntamente progresistas que presuntamente conservadores.

En quinto lugar sabemos que los ciudadanos que viven en comunidades autónomas con dos lenguas cooficiales están más movilizados que las que tienen solo una, dato que en principio castigaría al voto conservador.

En sexto lugar, también sabemos que hay cerca de 30 escaños que en las pasadas elecciones fueron a parar por la mínima a las arcas de las diversas izquierdas patrias, que con una pequeña  variación ( por ejemplo, una mínima concentración del voto en el PP tras el experimento fallido de Vox, o un pequeño aumento de la abstención) volverían a manos de la derecha, produciendo en congreso un estrechamiento considerable del gap izquierda-derecha.

Y en séptimo lugar, pero no por ello menos importante, sabemos que en medio de una desaceleración económica intensa en los países de nuestro entorno, los datos de empleo hasta las elecciones y singularmente la EPA de Noviembre no van a ser precisamente buenos para el gobierno.

Y ustedes se preguntarán, con todos estos datos ciertos y sabidos encima de la mesa, ¿Merece la pena para PSOE y Podemos tentar a la suerte en unas nuevas elecciones?

Yo creo que no, pero siempre estoy dispuesto a dejarme sorprender.