Realpolitik

Pánico en la sala de máquinas

Carteles de propaganda de los partidos en una campaña electoral. REUTERS
Carteles de propaganda de los partidos en una campaña electoral. REUTERS

Si  fiásemos de lo que cuentan algunos (muchos) medios, embarcados ahora en hiperbólicas loas y ampulosos cantares de gesta escritos con pólvora monclovita, una campaña electoral sería algo parecido a un combate de esgrima palaciega (a florete, que el sable mancha una barbaridad) en el que dos genios de la estrategia se enfrentarían atendiendo las nobles reglas del maestro Fiore dei Liberi, compitiendo en el ingenio de sus lemas, la ductilidad de sus relatos y la acerada acidez de sus discursos.

Olvidan estos medios (o quizá nunca lo supieron) que si bien es posible ganar una campaña con una comunicación deficiente (Felipe González, 1982) o un relato débil (Zapatero 2004), no existe campaña ganadora posible sin la que es la columna vertebral que hace que esos lemas, relatos y discursos lleguen a la ciudadanía: La organización electoral.

La organización electoral es el núcleo de la campaña que nunca saldrá en los medios, su sancta sanctorum. Un batallón de hacendosos sicarios que existe en todos los partidos serios y que se caracteriza en todos ellos por ser altamente profesional, sólida, opaca y extremadamente  eficiente.

La organización de una campaña electoral imprime carteles, hace que las vallas con la cara del líder aparezcan pegadas el día que toca, contratan autobuses y auditorios, construyen escenarios, y sobre todo, consiguen que esos actos se llenen de militantes dispuestos incluso a aplaudir como si su vida les fuera en ello cuando los informativos nocturnos conecten con el acto de campaña del día.

La organización monta las rutas (atendiendo a encuestas y cualitativos), decide en qué municipios debe detenerse la caravana y en cuáles no, elige el tema del que tienen que hablar todos los portavoces cada día, y dibuja el marco de las imágenes que se distribuyen a los medios.

La organización envía los sobres con las papeletas a las casas, monta los "puerta a puerta" mediante los que los candidatos tratarán de asegurar la movilización de sus votantes, compra los espacios publicitarios y trata de que el presupuesto no se le descuadre demasiado.

La organización es quien primero sabe que en los mercadillos la gente está cogiendo bien la publicidad del partido, si la gente se acerca por la sede a por papeletas, si los autobuses fletados para el mítin se han llenado fácilmente, y si se van a poder poner interventores en todas las mesas.... o solo se llega a poder poner un apoderado por colegio.

Por todo esto es muy importante saber cuál es el ambiente que se respira en las salas de máquinas de los principales partidos ante la próxima cita electoral, y a día de hoy la sensación es de pánico.

La pasada semana he podido hablar con un par de sólidos y experimentados fontaneros electorales de dos de los principales partidos de nuestro país, dos aparatchkis con experiencia, espolones, y muchas elecciones a sus espaldas y les puedo asegurar que no les llegaba la camisa al cuello.

Uno de ellos, que ha ganado con gran mérito las tres últimas elecciones en su territorio,  me contaba que tras la orgía electoral que hemos vivido en los últimos meses y tras pulsar el estado de ánimo de su militancia, no tiene la menor idea de cómo va a ser capaz de llenar con 1.500 personas el mitin de comienzo de campaña al que previsiblemente acudirá el candidato a la presidencia del gobierno.

Me decía, compungido, que en la pasada campaña consiguió meter sin esfuerzo 5.000 personas en una plaza de toros y se le quedaron más de 1.000 fuera, pero que ahora a pesar de irse a un espacio mucho más sencillo de llenar, está considerando seriamente la posibilidad de hablar con organizaciones de jubilados que le garanticen al menos 500 pensionistas entusiastas con los que poder aparentar un aforo digno.

El otro aparatchki, en otros tiempos campeón en el difícil arte de acarrear votantes a las urnas desde conventos y asilos, me cuenta que por primera vez no va a poder llenar las mesas de interventores "ni pagándoles", cosa que por otro lado tampoco podría hacer porque son las primera elecciones para las que no tiene apenas presupuesto para acciones más allá de los 4 mítines que le toca llenar: uno con el líder nacional y otros 3, según me cuenta,  con insoportables candidatos cuneros a los que no conoce nadie en la región.

Tras estas dos conversaciones sigo leyendo en la prensa a  jóvenes politólogos entusiasmados con la batalla de no-se-que relato,  a periodistas cegados por los fuegos de artificio del poder mientras lanzan incomprensibles loas al trampantojo del día,  o a sociólogos (de esos de al por mayor) asegurando que la participación no bajará demasiado y no puedo evitar que me invada una cierta sensación de cansancio, desidia y melancolía respecto a un desastre que no por anunciado dejará de ser doloroso.