Realpolitik

Contra la épica

Representación de 'El Anillo de los Nibelungos'
Representación de 'El Anillo de los Nibelungos'

Hoy quiero hacerles una confesión: durante mi infancia y adolescencia fui un estudiante de piano escasamente dotado por las musas, que pesa a ello e incomprensiblemente iba superando los cursos para regocijo propio, sorpresa de mi profesora, y escándalo de mis compañeros más dotados en el aburridísimo y repetitivo arte de temperar correctamente el clave.

De esa época me viene mi amor por Puccini, una profunda admiración a todo lo que fue capaz de componer Johann Sebastian Bach y un desprecio verde y espeso hacia ese músico alemán de ínfulas imperiales apellidado Wagner. Un tipo que se empeñaba en hacer historia en cada maldito compás superponiendo acordes imposibles a base de torturar todo instrumento de viento-metal que hubiera sido inventado en el universo conocido.

Yo aún no lo sabía, pero mi cuerpo y mis oídos estaban demostrando tanto una temprana e incurable alergia a la épica wagneriana, una de las más graves dolencias de todas las que pueden afectar a un compositor y que se caracteriza por el exceso y el efectismo, como un gusto por la lírica, que por el contrario gusta de lo íntimo, lo pequeño, lo cotidiano; el placer del arte menor.

Mientras Wagner en su trilogía Der Ring des Nibelungen contaba estridentes y afectadas epopeyas sobre dioses y héroes mitológicos, constructores de imperios, Puccini con una melodía tan sencilla como íntima  conseguía transportarnos  al momento en el que Rodolfo toma la fría mano de Mimi en La Bohème ("Che gelida manina, se la lasci riscaldar") y la tormenta de sentimientos que le produce ("Talor del mio forziere").

Pero la épica no sólo ha contaminado el mundo de la Opera, también ha sido forjadora de muchos otros monstruos en la arquitectura, la pintura… o en la política.

En nuestro entorno, tras varias irrepetibles generaciones transversales a (casi) todas las ideologías de líderes adscritos a la cofradía de la lírica (Olof Palme, Helmut Kohl, Felipe González, Ronald Reagan, Adolfo Suárez, Raúl Alfonsín, Bill Clinton, Angela Merkel, Vaclav Havel…), esto es, a solucionar los problemas que afectan las personas reales, han ido siendo paulatinamente sustituidos por una nueva hornada de políticos que va desde Orban hasta Erdogan, desde Putin a Trump y desde Bolsonaro a Maduro que  parecen salidos del Festival Wagneriano de Bayreuth por el placer que encuentran en el exceso, en el espectáculo vacío, y en el aria descarnada del tenor victorioso que derrota a sus enemigos en un campo de batalla anegado de sangre y vísceras.

En nuestra Europa, el siglo XIX y la primera mitad del XX fueron tiempos épicos, de nacionalismos rampantes. Tiempos de guerras y revoluciones, de conflictos de clase y de liderazgos tan carismáticos como suicidas. Tiempos en los que la eclosión de ideologías imbuidas de la épica y la violenta belleza del totalitarismo, llenaron los campos de muchos países de cadáveres en nombre de construcciones ideológicas absolutas y excluyentes.

No debemos engañarnos, la épica en política, del mismo modo que un aria de Wagner posee una belleza dolorosa y terrible, una belleza que atrae como un imán a personas que convencidas de que son poseedoras de la razón absoluta, son capaces de casi cualquier cosa por imponer su visión.

Tras la segunda guerra mundial y el fracaso de esas visiones políticas tan épicas como destructivas,  en nuestro entorno cultural y político se impuso la lírica del acuerdo, el dueto del pacto y el recitativos del multilateralismo acompañados por una puesta en escena de la que se expulsó a dioses y héroes y se dio entrada al ciudadano de infantería, al hombre normal, un nuevo sujeto político libre de compromisos históricos más allá del bienestar de su sociedad.

Hoy, medio siglo después de ese cambio histórico en el que fuimos capaces instalar la lírica como base de nuestras sociedades y que ha sido el disparador del más largo periodo de bienestar en nuestro entorno, comienzan a surgir de nuevo los predicadores que con sus voces encendidas tratan de buscar las grietas de nuestras sociedades para dividirnos, identificar nuevos enemigos exteriores o interiores y crear una nueva narrativa de la épica y la confrontación.

No va a ser fácil contraponer el gris funcionamiento de nuestras democracias, nuestro aburridísimo "Check & Balance",  el funcionamiento anodino de nuestras instituciones o los largos debates de nuestros parlamentos con la brillantez, la luminosidad y la emoción permanente de esos nuevos liderazgos verticales, pero de que seamos capaces de confrontarlo con eficacia y belleza va a depender el futuro de nuestro modelo de convivencia.

Y al fin y a la postre, que carajo, no me van a comparar ustedes la belleza del "O mio babbino caro" de Puccini con esa bazofia wagneriana que lleva por nombre "Nun zäume dein Roß, ¡reisige Maid!".

Y si tienen alguna duda entre épica y lírica hagan como yo y pónganse en manos de Don Ramón María del Valle-Inclán, que en su Sonata de Estío puso en boca del Marqués de Bradomín una frase que deberíamos todos recordar:

"Sólo dos cosas han permanecido siempre arcanas para mí: El amor de los efebos y la música de ese teutón que llaman Wagner".

Pues eso.