Realpolitik

La pulsión reaccionaria

Si nada se tuerce, estamos a escasas horas de que Pedro Sánchez, tras ser rechazada cinco veces su candidatura (un nuevo récord) se corone, esta vez sí y a la sexta, como primer ministro y asuma los amplios poderes que nuestra constitución asigna a tan alta magistratura.

Sánchez va a ser presidente el martes, y aunque a algunos les parezca sorprendente, lo va a hacer de forma absolutamente legítima y cumpliendo con todas las condiciones que exigen nuestras leyes y usos parlamentarios, e inaugurará el primer gobierno de coalición de nuestra democracia.

Y va a ser presidente tras el que probablemente ha sido el debate de investidura más pobre, triste y desolador que se ha vivido en nuestro país desde 1978, aderezado por acusaciones de golpe de estado, traición, felonía y no sé cuántas barbaridades más tanto desde la orilla nacionalpopulista y antisistema de Vox como desde sus varias némesis idénticamente antisistema y nacionalpopulistas del independentismo que se abstuvo para permitirle llegar al Gobierno.

Idénticas acusaciones de los que votaron contra la investidura y de algunos de los que se abstuvieron en su favor.

Idéntico tono cuartelero y desabrido desde ambos totalitarismos, que en el fondo no dejan de ser el mismo.

Idénticos discursos facilones y adocenados pensados para soliviantar emocionalmente a sus propias parroquias en lugar de para contribuir al bien común.

¿Sorprendente? Pues no tanto, como ya sufrieron en sus propias carnes Ortega, Marañón y tantos otros intelectuales republicanos, la pulsión reaccionaria es una hierba venenosa que tiende a crecer sobre todo tipo de barbechos hispanos, es transversal a partidos e ideologías y encuentra más fácil acomodo cuanto más se enconan y radicalizan las posiciones.

Conviene recordar precisamente hoy la conferencia conferencia dictada por Ortega y Gasset  el 6 de diciembre de 1931 en la Opera de Madrid titulada  "Rectificación de la república"  en la que además de la conocidísima frase  "¡No es esto, no es esto!. La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, al tiempo." dijo algo que deberíamos todos tatuarnos en la frente:

 "Es preciso rescatar el perfil de la República. (...) Lo que no se comprende es que habiendo sobrevenido la República con tanta plenitud y tan poca discordia, sin apenas herida, ni apenas dolores, hayan bastado siete meses para que empiece a cundir por el país desazón, descontento, desánimo, en suma, tristeza".

No debe sorprender y no sorprende que Vox utilice argumentos reaccionarios, lo son.

No debe sorprender y no sorprende que JxCat, ERC o Bildu utilicen argumentos reaccionarios, lo son.

Lo que me lleva, como le pasaba a Ortega,  a la desazón, al malcontento, al desánimo y en suma, a la tristeza es escuchar en medio de un discurso lleno de políticas progresistas como el realizado por el candidato a la presidencia del Gobierno (muchas de ellas necesitadas del consenso con el PP, por cierto) es escuchar en medio del mismo una frase que lo marca y que a mi modo de ver, lo deslegitima como tal.

Me refiero a su defensa del "libre desarrollo de las identidades nacionales" (la cita es literal), una frase que puede parecer inocua, pero no lo es, que puede parecer casual, pero no lo es, que puede parecer inocente, pero que es cualquier cosa menos eso.

Al  concepto "libre desarrollo de las identidades nacionales", Tönnies lo llamaba "Gemeinschaft" y es tan profundamente reaccionario que raya lo neomedieval. No me hubiera extrañado que Vox o JxCat utilizases argumentos profundamente identitarios y antiliberales como ese.  Donde me resulta perturbador es en medio de un discurso que quiere reclamarse progresista.

Mientras en Europa los partidos que defienden la democracia liberal y representativa, ya sabe, esa que desde 1978 ha producido en nuestro país el mayor oasis de paz y desarrollo de su historia se aprestan al que sin duda será la gran batalla política de nuestro tiempo contra los nacionalpopulismos de todo pelaje y pactan para formar gobiernos que los excluyan de la posibilidad de emponzoñar sus instituciones, en España parecería que se le está otorgando carta de naturaleza, blanqueando sus ponzoñosas intenciones.

Y si la primera refriega por la hegemonía, como advertía Gramsci, va a ser cultural, ya les voy advirtiendo que van ganando, porque mientras en alguna derechas comienza a normalizarse a Vox, en lo que antes era una izquierda ilustrada con cátedra en diversos medios, tertulias y en la academia,  nadie aún ha levantado la voz sobre esta barbaridad reaccionaria, aceptando por tanto la banalidad, la frivolidad, la ignorancia y la desorientación ideológica que suponen.