Realpolitik

El liderazgo en tiempos de coronavirus

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, acompañado por el ministro de Sanidad, Salvador Illa, preside la reunión de seguimiento del coronavirus, en la sede del Ministerio de Sanidad. EFE/J.J. Guillén
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, acompañado por el ministro de Sanidad, Salvador Illa, preside la reunión de seguimiento del coronavirus, en la sede del Ministerio de Sanidad. EFE/J.J. Guillén

Comencemos por decir algo evidente, el Gobierno de España no tiene la culpa de los múltiples virus que recorren el país, como tampoco la tienen el de Francia, Italia, o Estados Unidos, a pesar de lo mal que nos pueda caer Donald Trump.

Lo que sí que tienen todos los gobiernos, incluido el de España, es la responsabilidad de utilizar todos los medios a su disposición para impedir su expansión, atender a los enfermos, informar con transparencia, rigor y profesionalidad a la población e impedir el pánico tranquilizando a la población y ejerciendo un liderazgo que, como el valor a los militares, se le presupone. Y para esto último, la comunicación que se puede ofrecer desde el Gobierno es una herramienta más útil incluso que las medidas profilácticas y de control de movimientos de la población.

Y eso han hecho hasta ahora los presidentes de Francia, Italia, EEUU y otros países de nuestro entorno: Han tomado el toro por los cuernos y con mayor o menor acierto pero idéntica capacidad de liderazgo, han comparecido ante la ciudadanía de sus países  a través de sus medios de comunicación para anunciar medidas, calmar a la población y en definitiva, asumir su responsabilidad en la erradicación de la epidemia y en el mantenimiento de la paz social, que es para lo que los ciudadanos los han puesto ahí.

Por su parte, nuestro Gobierno, y creo que de forma inteligente, decidió poner a un profesional de la sanidad pública especialista en epidemiología, serio y gran comunicador como es el  ya famoso Dr.  Fernando Simón para llevar el día a día de la información sobre la epidemia.

Nada que objetar, el Dr. Fernando Simón lleva dos semanas haciendo un trabajo excelente informando sobre el día a día del trabajo para controlar y erradicar el virus, y lo está haciendo aportando información veraz, rigurosa y comprensible para los ciudadanos.

El Dr. Simón jamás meterá la pata de forma dramática como ya hicieron en nuestro país algunos políticos a los que les tocó la china de ejercer de portavoces durante una crisis de este calado, solo tenemos que recordar a Rajoy con los hilillos de plastilina en el desastre ambiental del Prestige, o a  Jesús Sancho Rof (ministro de Sanidad  la UCD de Suárez) que se refirió a la neumonía atípica que causó más de 300 muertos en la crisis aceite de colza adulterado como "un bichito tan pequeño que si se cae de la mesa, se mata".

Lo que pasa es que al Dr. Simón no le ha votado nadie, y no podemos pedirle que además de su trabajo, también tenga que encargarse de las tareas que les tocan a  los políticos, ya saben, esos que se presentaron a las elecciones. Esos a los que sí que hemos votado.

Miren, a los buenos jugadores de fútbol se les distingue perfectamente cuando su equipo lo está pasando mal, son los que no se esconden, los que piden el balón al pie, los que se lanzan hacia la portería contraria. A los buenos políticos les pasa lo mismo, ni evaden los problemas ni se esconden tras un técnico.

Vivimos tiempos de hiperlidezargos imperiales, de mesías con poderes absolutos en sus partidos sin posibilidad de contestación, de dirigentes que no tienen que compartir el poder con nadie que no sea su propio ego, y son curiosamente estos líderes omnímodos los que más tendencia tienen a esconderse cuando no les gustan sus cartas que les han tocado.

Cualquier futbolista lo sabe, si quieres ser el líder del equipo tienes que ejercer tanto dentro como fuera de la cancha. No puedes esconderte 2 semanas detrás del masajista ni esperar que sea el utillero quien lance los saques de esquina y esperar que tu liderazgo siga intacto.

Y si hablamos del coronavirus, ya va tocando que alguien del gobierno hable de una maldita vez en términos políticos, económicos y sociales.

Y debe ser el presidente.