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El Abraham de los péndulos

EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

Parecía insignificante, para haberle otorgado al mundo de la ciencia una extensión tan grande de sus dominios. Su sugestiva presencia me hizo evocar un enloquecido universo de discos oscilantes, la esforzada prole de aquel sereno progenitor. Parecía dotado de una expresión inteligente, como si supiera que no era una lámpara sino un péndulo, un péndulo disfrazado, por inescrutables razones concebidas por él mismo; pero no un péndulo cualquiera, sino el péndulo originario, el viejo péndulo patriarcal, el Abraham de los péndulos del mundo". Con estas palabras enardecidas refiere Mark Twain, en su libro The Innocents Abroad, su visita al Duomo de Pisa, donde vio la lámpara cuyas oscilaciones pusieron al joven Galileo sobre la pista de un descubrimiento trascendental: la isocronía del péndulo.

No es exagerado el entusiasmo del gran escritor estadounidense. El descubrimiento de que el período de oscilación de un péndulo solo depende de la longitud del brazo y no de la amplitud de la oscilación, permitió construir relojes de precisión, que a su vez permitieron efectuar mediciones fiables –y reveladoras– en numerosos campos de la ciencia y la técnica (como bien sabía Twain, experto navegante). Ahora que los relojes digitales han desbancado casi por completo a los mecánicos, no está de más recordar que, gracias al precoz descubrimiento de Galileo (tenía diecisiete años cuando se fijó en las oscilaciones de la lámpara del baptisterio), durante más de cuatro siglos hemos podido medir el tiempo con gran precisión, lo cual nos ha permitido, a su vez, seguir eficazmente la consigna fundacional del propio Galileo: medir todo lo que es medible y hacer medible lo que no lo es.

En el universo hay espacio y tiempo (espacio-tiempo), materia y energía (materia-energía), y por lo tanto, cuando medimos cualquier cosa, lo que medimos es, fundamentalmente, espacios, tiempos y masas (por eso nuestro sistema de medidas –el más utilizado– se denomina cegesimal o CGS: porque con el centímetro, el gramo y el segundo tenemos las unidades necesarias para medirlo casi todo). Pero, si bien hace mucho que se logró medir el espacio y la masa (o su peso correspondiente) con bastante precisión, antes de Galileo no había relojes más fiables que los de sol o las clepsidras: el trípode de las medidas fundamentales estaba cojo, y la ciencia experimental avanzaba renqueando. No despidamos el cuarto centenario del telescopio de Galileo sin dedicarle un agradecido recuerdo al Abraham de los péndulos.