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Orden y sorpresa

EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

Decía Einstein que lo más incomprensible del mundo es que sea comprensible. Y Rudolf Carnap expresó la misma idea de forma más técnica pero en esencia idéntica: "Es algo realmente sorprendente que la naturaleza pueda expresarse mediante fórmulas matemáticas relativamente sencillas". Y Bertrand Russell escribió al final de un libro sobre la relatividad: "La conclusión es que sabemos muy poco, y no obstante es asombroso que sepamos todo lo que sabemos, y todavía más asombroso que tan poco conocimiento nos confiera tanto poder".

La sorpresa ante el orden y la armonía del universo, que lo hace –aunque no del todo ni de forma definitiva– comprensible y expresable mediante descripciones y modelos relativamente simples, no es privativa de los científicos: está también en la base misma de la literatura y el arte. En su novela más famosa, El hombre que fue Jueves, dice el inefable G. K. Chesterton: "Le digo que cada vez que llega un tren a su destino, pienso que el ser humano le ha ganado una batalla al caos. Usted dice despectivamente que cuando uno deja atrás Sloan Square tiene que llegar a Victoria. Yo digo que podrían pasar mil cosas distintas, y que cuando llego realmente allí tengo la sensación de haber escapado por los pelos. Y cuando oigo al revisor gritar Victoria, no es una palabra sin sentido. Para mí es el grito de un heraldo que anuncia una conquista".

Es casi innecesario señalar que el asombro reverente ante la armonía del universo halló su primera expresión en los mitos cosmogónicos de las diversas culturas, que con el tiempo evolucionarían hasta dar lugar a las religiones actuales. Y hasta hace bien poco esta tendencia a atribuir el orden a una divinidad ordenadora coexistió con la ciencia. El propio Newton veía en su gran descubrimiento, la gravedad, el continuo milagro con el que Dios mantenía unidas todas las cosas que había creado. Hoy día, sin embargo, ni siquiera los teólogos más conservadores se toman en serio el argumento del "designio", pues el salto conceptual del orden al supuesto "ordenador" carece de fundamento. El orden es un hecho objetivo que, por sí mismo, no conduce a ninguna conclusión ulterior. Pero que no deja de maravillarnos.

Y de esta maravilla incesante nos habla en su imprescindible libro Orden y sorpresa el recientemente fallecido Martin Gardner, el más concienzudo divulgador de la lógica y la matemática de nuestro tiempo, este tiempo apasionante caracterizado por la progresiva e imparable matematización del saber.