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‘Cosmos’: un viaje necesario

EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

Escribir en periódicos de ámbito estatal (y por ende vinculados al gran capital) no suele ser motivo de alegría, sino más bien de lo contrario. Pero de vez en cuando uno se lleva una grata sorpresa. Como lo es, y mucho, que en estos tiempos en que los diarios regalan sartenes y toallas de rizo, Público apueste por la inteligencia de sus lectores ofreciéndoles una de las mejores series de divulgación científica jamás realizadas.

El poder transformador de la ciencia nunca ha sido tan grande –y tan peligroso– como ahora, por lo que, hoy más que nunca, es imprescindible que la ciudadanía esté científicamente formada e informada. Por eso los grandes divulgadores de las últimas décadas, como George Gamov, Isaac Asimov, Raymond Smullyan o el recientemente fallecido Martin Gardner, serán recordados como auténticos "héroes civilizadores". Y entre ellos ocupa un lugar muy suyo y muy alto el astrofísico Carl Sagan, prematuramente fallecido en 1996 a los sesenta y dos años de edad.

La mera enumeración de las actividades científicas y divulgativas de Sagan ocuparía varias columnas, así que me limitaré a recordar su sostenido y pionero interés por la exobiología, que, entre otras cosas, le llevó a promover, junto con Frank Drake, el proyecto SETI (Search of Extra Terrestrial Intelligence: búsqueda de inteligencia extraterrestre), del que recientemente se ha cumplido el quincuagésimo aniversario. También fue Sagan uno de los primeros en señalar los peligros del cambio climático: al estudiar el efecto invernadero en la atmósfera de Venus, comprendió que nuestras desmedidas emisiones de dióxido de carbono podían dar lugar a un calentamiento global de consecuencias catastróficas.

Pero la ópera magna de Carl Sagan es sin duda Cosmos: un viaje personal, considerada por muchos la mejor serie de divulgación científica de todos los tiempos. Emitida por primera vez en 1980, sus 13 capítulos de una hora constituyen un sobrecogedor viaje por el espacio y el tiempo que nadie debería perderse, y que no ha envejecido en absoluto a pesar de los treinta años transcurridos. Y no sólo no ha envejecido conceptualmente, sino, lo que es más difícil, tampoco estéticamente; los eficaces y ajustados efectos especiales y la ultraterrena música de Vangelis siguen fascinándonos hoy como entonces, igual que ocurre con las grandes películas de ciencia ficción, como 2001: una odisea del espacio (de la que, por cierto, Sagan fue asesor). Y es que la verdadera ciencia, como el arte verdadero, nunca envejece.