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La Vía Láctea

EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI
A partir del siglo XII, la liturgia católica considera Año Santo Jacobeo todo aquel en el que el 25 de julio cae en domingo (lo que sucede con una frecuencia cíclica de 6-5-6-11 años). Como es bien sabido, este año cumple el requisito, por lo que el Camino de Santiago, y con él la Vía Láctea, ha renovado su milenario protagonismo.
Desde tiempos inmemoriales, los peregrinos suelen emprender la marcha poco antes del amanecer, y a esa hora, en verano, la Vía Láctea (que no es otra cosa que la visión de nuestra propia galaxia que tenemos desde la Tierra) se extiende de este a oeste, por lo que parece una señal luminosa destinada a guiar a los fieles, el trasunto celestial del camino de tierra que han de hollar sus pies. Este indicador luminoso, cuya relevancia es más mística que práctica (para ir de este a oeste es mucho más sencillo guiarse por la posición del sol en el horizonte al salir y al ponerse), ha dado lugar a una confusión muy difundida entre la gente poco ducha en astronomía, que consiste en pensar que la Vía Láctea siempre recorre la bóveda celeste de este a oeste, cuando lo cierto es que, según el día y la hora, puede extenderse en cualquier dirección y conducirnos a cualquier lugar.
Y, de hecho, a los lugares más diversos conduce la Vía Láctea según las distintas tradiciones y mitologías. Para los celtas, era el camino que llevaba al castillo de la reina de las hadas, mientras que para los vikingos conducía directamente al Valhalla. Otros veían en la Vía Láctea un río más que un camino; como los egipcios, que la consideraban la prolongación celestial del Nilo, o los incas, que creían que era el río aéreo que llevaba a las alturas el agua que luego caería en forma de lluvia.
Ya Demócrito, el sabio de la antigüedad que con más acierto especuló sobre lo muy grande y lo muy pequeño, pensó que la Vía Láctea estaba formada por miríadas de estrellas tan lejanas que eran indistinguibles unas de otras; pero solo dos mil años después pudo comprobar Galileo que el padre del atomismo también estaba en lo cierto a escala macrocósmica. Hoy sabemos mucho más sobre nuestra galaxia; por ejemplo, que hay en ella entre 200 y 400 mil millones de estrellas, y que alrededor de muchas de ellas pueden orbitar planetas, algunos similares a la Tierra. Tal vez no les faltara razón a los antiguos; tal vez el camino celestial conduzca a otros mundos que no están en este, y que por ahora solo podemos imaginar.