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Mangostas

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC

Me ha ilusionado el reciente descubrimiento de una nueva especie de mangosta en Madagascar. Tal vez lo hayan leído: pesa como un kilo, vive en los cañaverales alrededor del lago Alaotra, en el centro-oriente de la isla, y a juzgar por las fotografías, su coloración y aspecto son muy parecidos a los del meloncillo, la única mangosta europea, aunque esta última sea considerablemente mayor.

Existen alrededor de 5.000 especies de mamíferos y, a pesar de que en este grupo las descripciones nuevas sean menos numerosas que en otros, no son escasas. En la actualidad se describen a menudo especies nuevas sobre la base de un carácter, o conjunto de caracteres, que antes habían pasado inadvertidos (los ultrasonidos que emite han permitido reconocer una nueva especie de murciélago del género Pipistrellus, por ejemplo), y con más frecuencia basadas en la divergencia de secuencias de fragmentos del genoma. De esa manera, lo que antes se consideraba una sola especie resultan ser dos, a las que llamamos "especies gemelas".

Más raramente, sin embargo, se descubren especies completamente ignoradas antes, o cuya existencia era sólo sospechada por la zoología fantástica. Pueden ser monos, pecaríes, ciervos, antílopes... cuyos primeros restos se localizan en un lejano mercado, por ejemplo, o cuyas asombrosas fotografías son tomadas por cámaras de disparo automático colocadas en el campo. En Madagascar se habían descubierto nuevos lemures, simios primitivos o, mejor, prosimios, pero hace mucho tiempo que no se describía una nueva especie de mamífero del orden de los carnívoros, a cuyo estudio he dedicado mi vida.

Hace años, con otros colegas (en particular Paco Palomares), trabajé con los meloncillos de Doñana, muy parecidos al famoso Riki-tiki-tavi que luchaba contra las cobras en El libro de la selva, de Kipling. Les colocábamos un collar emisor y los seguíamos por el parque en sus andanzas tras los conejos. Y vivían muy bien. Nos sorprendió que, en promedio, las mangostas de Doñana se retiraban para dormir en sus huras una hora antes de ponerse el sol, y tan sólo se despertaban para comenzar su actividad dos horas después de que hubiera salido. Y no les bastaba con eso, pues en medio de la jornada interrumpían dos o tres horas su actividad para echar una o varias siestas. Ignoro si la mangosta de Durrell malgache será tan perezosa, pero puedo asegurarles que con ese ritmo vital uno no podría escribir más allá de una colaboración por trimestre en Público.