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Princesas sincrónicas

EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

* Escritor y matemático

A raíz de mi anterior columna (El inconsciente de la Física, 21-11-10), varias personas me dijeron que si yo hubiera presenciado algunas coincidencias realmente extraordinarias, no sería tan escéptico con respecto a la sincronicidad. Juzguen los lectores:

A comienzos del verano de 1999, estaba yo en mi estudio de Madrid traduciendo al castellano unos poemas de Catulo y necesitaba consultar mi diccionario de latín, que, según recordé mientras lo buscaba infructuosamente, había dejado en mi casa de Valencia. Salí a la calle dispuesto a comprarme otro, pero no llegué ni a la esquina, pues sobre la acera, a pocos metros del portal, encontré un diccionario de latín en perfecto estado.

El pasado 15 de septiembre, mientras cenaba con unos amigos en una conocida pizzería madrileña y les hablaba de mi último libro para niños, que acababa de salir, la persona que estaba a mi lado me dio un codazo y me dijo al oído: "Mira quién acaba de sentarse detrás de nosotros". Y al volverme discretamente vi en la mesa contigua, a un metro escaso, a Letizia y Felipe. El libro del que yo estaba hablando se titulaba La princesa feliz (Letizia, por cierto, no parecía muy feliz; pero eso hacía aún más notable la coincidencia, puesto que la protagonista de mi libro, a pesar del título, tampoco lo era). Recordé que el 15 de septiembre era el cumpleaños de Letizia (¡había nacido el mismo día que mi princesa!) y estuve tentado de regalarle el ejemplar de mi libro que llevaba en el bolsillo; pero como además de tímido soy antimonárquico, me contuve.

¿A partir de qué momento la casualidad deja de serlo y nos obliga a pensar en algún tipo de causalidad? Si cada vez que saliera a comprar un libro me lo encontrara sobre la acera, o si cada vez que hablara de princesas se sentase a mi lado una de carne y hueso, reconozco que, a pesar de mi acendrado escepticismo, pensaría en alguna causa oculta. Pero, por inverosímiles que parezcan, las dos coincidencias referidas (y algunas más que podría contar si el limitado espacio-tiempo de esta columna lo permitiera) pueden atribuirse al azar y no nos obligan a revisar las leyes de la naturaleza. Y, en cualquier caso, no refuerzan ni un ápice la teoría de la sincronicidad, puesto que igualmente podrían esgrimirse como argumentos a favor de la existencia de mi hada madrina, del ángel de la guarda o de san Cucufato, ese que encuentra los objetos perdidos y, ¿por qué no?, reúne alrededor de una pizza a las princesas supuestamente felices.