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Ciencia de consumo

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

Haciendo honor a la galardonada sección de Ciencias de este periódico, Javier Yanes nos brindó en mayo de 2009 un lúcido análisis sobre la presentación en sociedad del primate fósil Darwinius masillae, que vivió hace 47 millones de años. El espíritu crítico de Javier superó entonces al de muchos de sus colegas, y también al de los investigadores protagonistas del hallazgo. La historia de este fósil maravilloso dicta tantas lecciones que encuentro justificado volver sobre ella para despedir el año.

La primera lección es positiva. A diferencia de lo habitual, la revista científica donde se publicó el trabajo se precia de realizar la revisión por pares a posteriori, en una web. Ahí y en otras revistas, diferentes paleontólogos han mostrado que Darwinius era probablemente un pariente de los lemures (un prosimio) y no el simio primitivo que se argumentó. El mecanismo normal en la ciencia para verificar los descubrimientos (someterlos al contraste por iguales) ha funcionado.

Otras lecciones son menos gratas. La primera se refiere al comportamiento de los descubridores de Darwinius. Antes de que sus colegas conocieran el fósil, e incluso el artículo donde se describía, organizaron giras promocionales, apalabraron libros y películas, y lo adjetivaron como "la piedra rosetta de la evolución", "un asteroide cayendo en la Tierra", "el santo grial de la paleontología", etc. ¿Pueden científicos profesionales publicitar así sus resultados? ¿No deberían esperar, cuando menos, a oír la opinión de sus pares? El noruego Jorn Hurum, aparente cabeza pensante en el proceso, postula que los investigadores deben "vender" igual que los futbolistas y las estrellas del pop. Pero la ciencia es otra cosa, y en este caso los excesos promocionales le han supuesto un golpe bajo.

La tercera lección, más sutil, resulta inquietante, por cuanto parece que todos hemos entrado al trapo. Más o menos inconscientemente, asumimos que de haberse ubicado Darwinius en nuestra rama evolutiva sería un hallazgo sensacional, pero al estar un poco apartado apenas merece la pena. De forma sibilina sugerimos así, contra toda evidencia, que nuestra especie es el culmen o meta última de la evolución. Los hitos que jalonan el camino hacia Homo sapiens parecerían relevantes, en tanto los otros serían secundarios. Stephen J. Gould ya advirtió contra la imagen que se identifica con la evolución, esto es, una sucesión de tipos simiescos que van irguiéndose hasta llegar al apuesto hombre moderno. Tal dibujo es sólo la caricatura de una entre millones de historias evolutivas, tantas como especies vivientes.