La molécula del purgatorio

EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

El papa Ratzinger ha degradado el purgatorio. Antes era una situación transitoria donde padecían las almas de quienes habían pecado levemente o lo habían hecho en serio siendo perdonados sin grandes satisfacciones penitenciales. O algo así. El caso es que allí se sufría casi tanto como en el infierno pero con una diferencia esencial: el tiempo era no sólo limitado sino que se podía abreviar con plegarias de los vivos y con misas e indulgencias contratadas por módicos precios fijados por los vivales. En el infierno el padecimiento era eterno. El Papa, temeroso quizá de que cada vez haya menos personas que crean en esos mitos, ha decidido reducir el purgatorio a un fuego interior. O sea, que los tormentos del purgatorio ya no son físicos sino “parte de la experiencia interior del hombre en su camino hacia la eternidad”.

Cabe pensar, entonces, que dicha experiencia forma parte de la propia vida, y no sólo se da tras la muerte. Para ir al purgatorio de antes había que morirse. Lo único que se deduce sin ambigüedad de la nueva formulación del purgatorio es que está ligado a los deseos y el pecado que imposibilitan “gozar de la visión de Dios”. Pensando profundamente en esto sin recalentamiento interior alguno provocado por güisquis ni cosas así, concluí que era razonable ligar el purgatorio a la molécula de óxido nítrico.

La fórmula del óxido nítrico es un rotundo NO. Empezamos bien. Es invisible y hace padecer, porque es tóxico. La atmósfera, o sea, el cielo en buena medida, está etéreamente impregnada de él porque lo emiten los coches y algunas industrias, o sea, que es consecuencia de nuestra maldad. Naturalmente, sus efectos son malignos, porque produce la lluvia ácida, ataca la capa de ozono y contribuye al calentamiento global. Pero, afortunadamente, gracias a las plantas y el mar, no sufrimos el castigo del NO eternamente sino por tiempo limitado.

La conversión del NO etéreo, externo y sutil en “fuego interior” la hizo la ciencia hace poco. Resulta que, aunque nos puede hacer sufrir hasta límites aterradores, es un magnífico vasodilatador y produce otros efectos beneficiosos y purificadores. Para colmo, unos médicos suecos descubrieron que el NO también provoca recias y duraderas erecciones. Así que ya tenemos el fuego interior relacionado con los deseos y el pecado.

Esta columna es una inmensa herejía y el papa Ratzinger fue hasta antes de ayer el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El Santo Oficio. La Inquisición. Al autor en este momento se le erizan los pelos del cogote y siente cierto tufillo a chamusquina. Teme que su fuego interior esté a punto de hacerse eterno.