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Una buena calada

EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

Ernest Rutherford, el descubridor del núcleo atómico, una tarde hacía algo que hoy nos parecería insólito: fumar en el laboratorio. Estudiaba la variación de la conductividad eléctrica de los gases al excitarlos la radiactividad. Suponía, con razón, que las radiaciones ionizantes, un fenómeno recién descubierto, tendrían que alterar las propiedades de las moléculas que forman los gases. Aburrido, porque no le salía lo que esperaba, a Rutherford no se le ocurrió otra cosa que encender un cigarrillo y largarle el humo de la primera calada al dispositivo que tenía montado para estudiar aquello. Seguro que lo hizo un tanto displicentemente si no despectivo. Ocurrió algo que lo dejó perplejo: el humo del tabaco cambió drásticamente la conductividad del aire y el electrómetro (así se llamaban entonces los amperímetros) que tenía conectado enloqueció.

El asunto le hizo gracia y lo repitió ante sus discípulos. Tras celebrar el asunto, Rutherford cayó en un mutismo al que estuvieron atentos sus jóvenes colaboradores. Cuando habló, les dijo que aquello invitaba a desarrollar un detector de incendios, así que todos manos a la obra. Cuando el lector vea en los techos de centros de trabajo o recintos públicos el pequeño dispositivo con su lucecita roja que detecta el humo de un posible incendio, que sepa que dentro tiene una fuente radiactiva y que eso se inventó hace casi un siglo.

La moraleja de la anécdota es doble. Por una parte, Rutherford encontró una aplicación investigando algo básico, o sea, movido exclusivamente por el aliciente de la curiosidad. Si a un responsable de la seguridad ciudadana de la época se le hubiera ocurrido convocar un concurso de ideas para la prevención y alerta de incendios, posiblemente a nadie se le hubiera ocurrido usar la misteriosa radiactividad para eso. Por otra parte, es de notar el papel que tuvo lo que hoy día se llama serendipia, palabra que no admite la RAE pero que lo hará. Se podría traducir por chiripa o casualidad, pero en realidad es el hallazgo inesperado cuando se busca otra cosa. La palabra viene de un cuento persa referido a unos príncipes de Serendip, que es la traducción fonética de Ceilán o Sri Lanka. Los príncipes se pasaban la vida descubriendo cosas insólitas gracias a su sagacidad y la suerte.

La historia de la ciencia está plagada de descubrimientos inesperados de los que hay que tomar nota de que a sus descubridores siempre les pilló trabajando, y que la ciencia dirigida y planificada ha dado una mínima parte de los frutos que ha ofrecido la investigación cuyo único motor ha sido el saber por el saber. Por cierto, 11 discípulos de Rutherford recibieron el premio Nobel de Física, y el que le dieron a él fue el de Química.