Tungsteno

MIGUEL DELIBES DE CASTRO // VENTANA DE OTROS OJOS

Sé que hay que recomendar libros antes de las vacaciones, no después. Pero qué quieren que le haga, uno se debe a su sueldo, como cualquiera, y lee más cuando el trabajo (o su ausencia) lo permite. Este verano he leído novela negra, un libro sobre exploraciones polares, otro de viajes de un naturalista por Marruecos durante el protectorado, y también, y es el que pretendo recomendar, El tío Tungsteno de Oliver Sacks. Me ha hecho disfrutar mucho. Y aunque poco dado a celebrar “los días de…” y “los años de…”, pienso que difícilmente un profano podrá honrar mejor al Año Internacional de la Química que leyendo este libro.

El subtítulo es Memorias de un químico precoz, y a fe que el niño Oliver lo fue. Nacido poco antes de la Segunda Guerra Mundial, en una destacada familia judía donde científicos e inventores se mezclaban con sionistas extremos, Oliver Sacks no fue un niño feliz. O, si lo fue, debe agradecerlo a la química, al entusiasmo provocado por la aventura del conocimiento.

Separado de su familia y obligado a dejar Londres por el peligro de los bombardeos, Oliver se sentía perdido, no confiaba en nada ni nadie, incluso sentía que sus padres lo habían abandonado. Cuando regresó de su horrible internado apenas reconocía su casa. El tío Tungsteno, al que llamaban así porque fabricaba filamentos de tungsteno (wolframio) para las bombillas, lo introdujo en la química y el pequeño, reproduciendo cada experimento, encontró refugio en el carácter predecible de las reacciones, en la estabilidad de la tabla periódica, en el sentido de orden que transmitían los elementos. Los recuerdos del niño de la Guerra Mundial se articulan libremente para recrear toda la historia de la química, desde las artesas de los alquimistas a las reacciones termonucleares en el sol. Pero no la historia como una sucesión de descubrimientos, sino a través de la fascinación y las emociones que el progresivo saber provocaba en un niño con afán de comprender (varias veces repite la palabra “extático”, que no conocía; y es que el autor recurre al éxtasis para explicar su embeleso intelectual).

Al comenzar la adolescencia Sacks casi olvidó su primera pasión. Le interesaron las plantas y los animales, y a los 17 años quiso hacerse biólogo marino.  Acabó siendo un neurobiólogo de gran prestigio, autor de muchos libros de éxito. Pero al final de El tío Tungsteno nos cuenta que hoy sueña con la química, con “la retícula de la tabla periódica transformada en la retícula de Manhattan”. Léanlo.