La ruina de los cascos históricos

DE PUERTAS ADENTRO// MARÍA ÁNGELES DURÁN

Muchos cascos históricos de multitud de pueblos y ciudades de España tienen problemas graves de despoblamiento y amenaza de ruina. Los problemas son mas agudos en las zonas rurales de las regiones que han sufrido emigración, pero también se producen en zonas de fuerte pujanza económica.

Las razones de la ruina son múltiples, y la primera es la emigración, que deja los campos deshabitados y algunos barrios de las ciudades semivacíos, hasta el punto de que la seguridad decrece, la convivencia se convierte en soledad y los servicios resultan poco rentables para las empresas privadas, con lo que el círculo vicioso del despoblamiento se estrecha.

La segunda razón es el envejecimiento. Con alta proporción de personas mayores, el mantenimiento del patrimonio arquitectónico privado se hace muy difícil, porque los ancianos no pueden acometer por sí mismos muchas tareas de mantenimiento ni sufragarlas a precio de mercado. Aun así, buena parte del patrimonio arquitectónico está hoy sostenida por los frágiles cuidados de ancianas y ancianos que se resisten a abandonar sus hogares y aguantan de manera numantina, cono Robinsones cotidianos, entre muros solitarios donde no oyen más voz que la suya.

En tercer lugar, la tecnología y los estilos de vida: el tráfico rodado, los sistemas de elevación, los servicios electrónicos y de comunicación.

La cuarta causa es paradójica, es el exceso de proteccionismo que entra en colisión con la necesidad de los habitantes de adaptarse a la vida contemporánea. Hay demasiadas regulaciones, ventanillas, disposiciones contradictorias de diferentes entidades que tienen el poder de prohibir y castigar, pero no de promover y premiar.

La labor de recuperación de edificios monumentales es encomiable y produce resultados espectaculares, pero no basta. Si el tejido social que da vida a calles y edificios no se conserva, los cascos históricos sobreviven como parques temáticos o museos al aire libre, visitables en horario laboral y apuntalados por la actividad de las instituciones que los han restaurado, pero les falta la vida de la gente corriente, lo que diferencia un espacio de exhibición de un lugar vivido.