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Pobreza y medio ambiente

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

*Profesor de Investigación del CSIC

En la reciente reunión en Madrid para la Alianza de las Civilizaciones algunos participantes se mostraron un tanto descolocados. En sus países, por encima del conocimiento del otro y el establecimiento de puentes con culturas foráneas, lo que necesitaban es comer. La pobreza y el hambre son caldo de cultivo para la intolerancia, como hizo ver la princesa de Qatar afirmando que "son las generaciones de jóvenes sin trabajo ni esperanza quienes alimentan las filas del fanatismo". Al menos parte del problema, en consecuencia, habría que abordarlo por ahí.

Espero que recuerden la Declaración del Milenio. Fue firmada por 189 países en las Naciones Unidas en septiembre de 2000, y en ella se proponía para el año 2015 un ambicioso programa con ocho objetivos. El primero de ellos era la erradicación de la pobreza y el hambre en el mundo. En España, este objetivo cimienta, entre otras, la campaña Pobreza Cero, que se abre advirtiendo que somos la primera generación en la historia capaz de poner fin a la pobreza extrema.

¿Será cierto que podemos? Probablemente sí pero, según todos los indicios, para lograrlo tendremos que alcanzar, previa o cuando menos simultáneamente, el séptimo objetivo, que es la sostenibilidad medioambiental.

En una iniciativa asociada a la Declaración del Milenio, un grupo de científicos propuso la elaboración de un diagnóstico sobre la situación de la naturaleza, centrado en analizar la capacidad de los ecosistemas para proporcionar a la sociedad los bienes y servicios que precisa (alimentos, depuración del aire y el agua, regulación del clima, etc). En el proyecto trabajaron más de 1.300 investigadores de 95 países y el resultado, hecho público hace un par de años, se llamó Evaluación de los Ecosistemas del Milenio. No es optimista. Su conclusión es que la forma de obtener alimentos, madera, agua dulce, combustible y otros recursos, especialmente en los últimos 50 años, ha causado daños quizá irreversibles al funcionamiento de los ecosistemas, degradando los procesos que mantienen la vida en la Tierra. Si continuamos así, dicen, no es verosímil que puedan eliminarse el hambre y la pobreza, sino al revés.

Nos hallamos, por tanto, ante un aparente callejón sin salida. Se diría que para erradicar el hambre tendríamos que producir más alimentos, pero haciéndolo dañamos a la maquinaria viva que los produce. Ya estamos en números rojos, tirando del capital pues no bastan las rentas. Cada vez se pesca menos en el mundo, por ejemplo, y no por falta de interés, puesto que año a año se dedica más esfuerzo a sacar un kilo de pescado. Quizás merezca la pena analizar quiénes pescan y si, pescando, apuntan a reducir el hambre donde lo hacen. Pero eso queda para otro día.