Un monje curioso

EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

Aunque la iglesia se ha posicionado siempre como enemiga furibunda de la ciencia, la historia está plagada de insignes y sabios eclesiásticos que contribuyeron decisivamente a esta última, siendo el monje francés Marin Mersenne uno de los más curiosos y distinguidos. Nacido en una familia pobre en 1588, su padre no quiso que se perdiera su inteligencia y le abrió la única vía de progreso intelectual: la eclesiástica. Tras recibir una educación básica enriquecida por los jesuitas, ingresó en la sencilla orden monástica de los Mínimos. Aunque su afán era, como el de todos los monjes, la oración y el estudio aristotélico y teológico, pronto quedó fascinado por las matemáticas y después por la física en el sentido más amplio. Naturalmente, se puso en contra de todo lo que sostenía un individuo que cada vez tenía más influencia en los sabios de toda Europa: Galileo. Pero Mersenne no se contentó con esgrimir las Escrituras y embestir sin más como hacían los jesuitas del excelso Colegio Romano y toda la Iglesia por obediencia ciega, sino que profundizó en las teorías del toscano terminando prendado de ellas.

Las contribuciones científicas del monje mínimo no fueron muy importantes pero sí muy variadas. En matemáticas destacan las propiedades que le encontró a ciertos números, que en su honor se llaman los primos de Mersenne, y en teoría musical adelantó al mismísimo don Vincenzo Galilei, el padre de Galileo, encontrando las leyes de las cuerdas vibrantes. Sin embargo, lo más notable que consiguió Mersenne fue lo que con algo de imaginación y generosidad se podría llamar el embrión de la aplicación sobre internet llamada World Wide Web.

En el siglo XVII, en el que no había revistas científicas ni la velocidad de transmisión de información era superior a la que podía alcanzar un buen caballo, la celda monástica de Mersenne en su convento de París, del que era superior, se convirtió en punto de confluencia de sabios y escritos científicos de toda Europa. Y de su distribución, naturalmente, de manera que la obra de Descartes, Huygens, Galileo, Fermat, Hobbes y demás, se irradiaron desde aquel modesto punto a toda Europa alcanzando incluso Constantinopla. Esa transmisión horizontal de información científica fue lo que inventaron los informáticos del CERN dándole el nombre de WWW. ¿Por qué la jerarquía de la Iglesia sigue siendo tan mostrenca en cuanto al progreso científico y no reivindica como propios los logros de sus más insignes científicos?