Los vampiros de Fibonacci

EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI

El 31 de diciembre del año 1180 pasó por Pisa, con destino desconocido, un misterioso viajero procedente de la Europa central. El viajero mordió en el cuello al joven Donatello y siguió su oscuro camino. Al día siguiente, y tras las consabidas 24 horas de incubación, Donatello se convirtió en vampiro. Y el 2 de enero, tras las consabidas 24 horas de perplejidad vampírica, Donatello mordió a su amigo Filippo, que al día siguiente se convertiría a su vez en vampiro perplejo. El 3 de enero Donatello mordió a su segunda víctima, Lucrezia, y el 4 de enero salió de cacería con Filippo, que ya había superado la perplejidad, y mordieron, respectivamente, a Sandro y a Giulietta…

Unos años después, y una vez erradicada la plaga vampírica (omitamos piadosamente los detalles escabrosos), un joven pisano aficionado a los números recapitula los hechos. El 1 de enero de 1181 había en Pisa un vampiro: Donatello. El 2 de enero seguía habiendo sólo uno, aunque ya había otro en gestación (Filippo). El 3 de enero había dos vampiros y otro más en camino (Lucrezia). El 4 de enero había tres vampiros y dos más incubándose. El 5 de enero había cinco vampiros y tres más en camino… A Leonardo, que así se llama el joven matemático pisano, la secuencia de la población vampírica en días sucesivos le parece curiosa: 1, 1, 2, 3, 5, 8… Sin las 24 horas de perplejidad, la secuencia sería una progresión geométrica de razón 2 (un vampiro el primer día, dos el segundo, cuatro el tercero…), y en un par de semanas no habría quedado en Pisa un solo humano normal. Pero al ser cada número de la secuencia la suma de los dos anteriores, el crecimiento es mucho más lento…

Algunos creen que Leonardo da Pisa, más conocido como Fibonacci, descubrió su famosa secuencia observando el ritmo reproductivo de los conejos, pero esta es la verdadera historia. O, como dicen los italianos, se non è vero è ben trovato. Bien hallado, sí, al menos desde el punto de vista didáctico, porque cuando, hace muchos años, en mis clases de matemáticas sustituía los conejos por vampiros, conseguía un nivel de atención mucho mayor por parte del auditorio y, consiguientemente, una comprensión más profunda de esta fascinante secuencia numérica y sus innumerables derivaciones.

Moraleja: enseñar matemáticas es, al menos en una primera etapa, una cuestión no sólo lingüística (como todo), sino también metalingüística, es decir, literaria. Como casi todo.