La doble moneda en Cuba

DE PUERTAS ADENTRO // MARÍA ÁNGELES DURÁN

*Profesora de Investigación del CSIC

Estaba en La Habana el día que Fidel Castro comunicó su renuncia y oí la noticia a través del canal internacional de la televisión del hotel. El locutor la leyó lentamente, mostrando los fragmentos del periódico Granma en que se publicaba la carta. Después, cuando no estaba mirando, escuché pitidos excitados de cláxones y al volver a prestar atención ya no se veían. La empleada de la oficina me explicó que los pitidos victoriosos no eran en Cuba, sino en una retransmisión desde Miami: “Donde están todos los pagados, los que viven de eso y el día que se pueda ir y volver libremente van a morirse de hambre, porque no van a tener quien les pague”. Al preguntarle cuándo sería ese día, cambió de tono: “Eso ni lo sé ni me importa”.

Lo cierto es que se habla, se escucha y se lee mucho más en España sobre lo que vaya a pasar en Cuba que allí mismo. Al menos, al nivel superficial que puede observar el visitante extranjero. Quizá lo más sorprendente, como habituada al nivel de implicación de la sociedad española, fue que en lo referente a la política, los verbos se conjugasen casi siempre en tercera persona, del tipo “van a hacer…” o “dicen que van a poner…”.

Sea cual sea la evolución que siga el marco político, lo que no creo que pueda mantenerse es la doble moneda. Los cubanos viven su vida diaria con los pesos normales y el Estado les proporciona una serie de bienes y servicios elementales a precios simbólicos. Además de esa cobertura, reciben una cantidad en metálico como salario. Fuera de las prestaciones mínimas, que son bajas, pueden recurrir a tiendas mejor surtidas que operan en pesos convertibles asimilados al dólar, algo así como las antiguas berioskas de los países del Este europeo. El cambio entre el peso normal y el convertible es a 24 y un salario normal en metálico, para un titulado universitario, equivale a 20 ó 30 pesos convertibles mensuales. El dólar esta penalizado (20 %) en el cambio de divisas y se opera mejor en euros. Los precios de bienes y servicios convertibles son casi tan caros como en España y en la práctica los cubanos están excluidos de ellos. Una noche de buen hotel cuesta su salario de cuatro a seis meses. Una comida, el de un mes o mes y medio.

El turismo resulta imprescindible para obtener divisas en un país que no posee fuentes propias de energía, pero su efecto-demostración es devastador. Divide a las personas entre quienes se mueven en el convertible y en los pesos normales y no hay convencimiento político que resista la convivencia con los miles de turistas ociosos que se pasean por calles y playas, invadiendo los mejores lugares con la inocente exhibición de su billetera y el permiso para pernoctar donde los propios ciudadanos no pueden hacerlo.