La invención del nombre

 DE PUERTAS ADENTRO // MARÍA ÁNGELES DURÁN

* Profesora de investigación del CSIC

Me quedé sorprendida hace unas semanas en Santo Domingo, cuando me  explicaron que se había puesto de moda inventar nombres, por ejemplo fundiendo en uno solo la mitad del nombre del padre y la mitad del de la madre. Desde entonces ando más atenta que antes a este tema, porque el idioma está vivo y los cambios en el nombrar evidencian otros cambios menos visibles. Los nombres que nos identifican no son casuales, llevan dentro muchas reglas de relación social.

Con la inmigración y el turismo residencial,  el modo de construcción de los nombres está sufriendo cambios. No se puede exigir a la población que trae un nombre construido según las reglas legales y estéticas de su país que se españolice completamente, aunque cierto grado de aclimatación es imprescindible; la mínima para que resulte pronunciable desde nuestra propia fonética y , en lo posible, adquiera un sentido.

Tampoco puede esperarse un modo igual de nombrar a los hijos si la natalidad fuera de matrimonio es escasa o, como sucede ahora, tres niños de cada diez nacen en esa condición. O, lo que todavía es infrecuente pero ya visible, los progenitores son del mismo sexo y no pueden diferenciarse la línea paterna y la  materna. O lo que pueda suceder en el futuro, con la inseminación artificial y otras técnicas reproductivas.

La laicizacion ha borrado muchos nombres cristianos, especialmente femeninos: casi no se usa el acompañamiento del Maria que daba cuenta del fervor mariano en los años cuarenta y cincuenta, y el santo del día, que recordaba  a los héroes del calendario, ha sucumbido bajo nuevas y efímeras estéticas del nombre que van por rachas, desde la escandinava a la eslava pasando por la bíblica. También aquí se ensayan fonéticas nuevas, biensonantes, cuyo principal sentido es precisamente el de no pretenderlo.

En otro orden de cosas, cuesta trabajo comprender la facilidad con que las mujeres de países socialmente avanzados consienten la pérdida de su nombre, adoptando el apellido del marido. Claro que allí arguyen que aún sería más dificil no compartir plenamente el nombre de sus hijos, o no aparecer  en la guía de teléfonos.

Lo cierto es que nuestros nombres resultan fácilmente desfigurados cuando nos trasladamos al mundo anglosajón, porque al diferente trato de las mujeres casadas se une la dificultad para recoger en los documentos nuestros nombres dobles, así como el doble reconocimiento de la línea del padre y de la madre que exhibimos en los apellidos. Lo que, tengo que decirlo, es una forma de riqueza simbólica y de homenaje a ambos progenitores de la que no querría desprenderme. Aunque como indicador de igualdad  no la recojan ninguno de los índices habitualmente utilizados.