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Darwin, palomas y brócolis

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, estas líneas responden a un reto, bien es cierto que amable. Hace pocas semanas, un grupo de amigos recorrimos a pie varias decenas de kilómetros por tierras del Cabo de Gata, en Almería. Olía intensamente a tomillo cuando pisábamos las laderas silvestres, y a abono orgánico (o sea, mal) en los llanos, al circular entre cultivos. De vez en cuando, el fuerte viento hacía volar trozos de tela plástica, que nos sobresaltaban al confundirlos con pájaros negros. En un campo cuajado de brócolis pastaba un rebaño de ovejas, así que imaginamos estaba abandonado y recogimos varias plantas. Uno de los excursionistas, seguidor de esta sección, me espetó: "¡A ver si hablas de los brócolis en Público!".

Darwin podría haber dedicado un espacio a los brócolis en su obra sobre el origen de las especies, pues constituyen un magnífico ejemplo de selección artificial. En carta enviada en 1857 al americano Asa Gray, Darwin escribió: "Es maravilloso lo que puede hacer el principio de la selección por el hombre, es decir, escoger individuos con una cualidad deseada, y criar a partir de ellos, y de nuevo volver a escoger". Para comprobar ese poder, el propio Darwin reprodujo razas de palomas (de las que sí que habla en el Origen), hasta el punto de que, en carta al geólogo James Dana, pudo decir: "Tengo una gran colección de palomas vivas y muertas, y soy uña y carne con toda clase de aficionados". Estudiando casos de selección artificial, Darwin advirtió que podía demostrar la existencia en la naturaleza de una fuerza similar, capaz de escoger "exclusivamente lo bueno de cada ser orgánico", y la llamó selección natural. Revolucionó con ella las ideas previas sobre el mundo y la especie humana.

Desde la antigüedad, los campesinos han seleccionado una y otra vez individuos con características deseables de la planta Brassica oleracea, col silvestre propia del entorno mediterráneo, para obtener de ella diferentes variedades comestibles. Escogiendo reiteradamente determinado tipo de flores, se ha consiguido la coliflor; trabajando sobre las hojas, la berza; seleccionando yemas, el repollo y las coles de Bruselas; fijándose en el tallo, los colinabos; y actuando a la vez sobre tallo y flores, el brócoli. Todas son variedades de una especie única, pero nos proporcionan distintas verduras. Como escribió Darwin en el anexo a Gray: "Mediante ese poder de acumular variaciones, el hombre adapta los seres vivos a sus necesidades (…), él hace la lana de algunas ovejas buena para alfombras y la de otras para ropa".

Estarán de acuerdo conmigo, ¿no? En vez de criar palomas, Darwin bien pudo haber cultivado brócolis para probar sus tesis. Pero no conocía los plásticos almerienses.