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Abuso de ecología

VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO

* Profesor de investigación del CSIC 

Unas décadas atrás, nadie hablaba de ecología en España. Ni siquiera aparecía en el programa de estudios de la facultad de Biológicas. Con Rodríguez de la Fuente, empezó a popularizarse el término a finales de los sesenta, pero apenas se entendía lo que quería decir. Recuerdo que Manolo, nuestro tío favorito, que cazaba con mi padre, nos hacía sonreír cuando explicaba que "respeto a los grajos porque los cazadores no debemos dañar al ecológico"

-¡Pero ecológico es un adjetivo, tío Lolo; el ecológico no existe, es como decir el químico!
-Puede que el químico no designe nada, pero el físico seguro que sí, y el de Sofía Loren da gusto verlo.

Años más tarde, ya en los ochenta, el gobierno instituyó el premio nacional de medio ambiente y el jurado otorgó el primer galardón a Ramón Margalef, catedrático de ecología y entonces uno de los pocos investigadores españoles reconocido internacionalmente. Margalef rechazó el galardón e intentó hacer pedagogía. "La ecología a la que me dedico es una disciplina científica –vino a decir– y el medio ambiente que ustedes quieren premiar es otro asunto, en el que no acumulo particulares méritos. No confundan las cosas".

Con el tiempo, los naturalistas acuñaron el neologismo biodiversidad para denominar, precisamente, aquello a lo que mi tío Manolo bautizó como "el ecológico". La publicidad, por otro lado, pudo más que el ilustrado razonamiento de Margalef, y llegaron los alimentos ecológicos, los coches ecológicos, las vacaciones ecológicas, los pisos ecológicos… Confío en que nadie piense hoy que por adjetivarse ecológicos esos productos tengan una particular relación con la actividad científica.

En ocasiones, sin embargo, parece facilitarse la confusión, actitud que debería desenmascararse. En unos días se celebrará un Congreso Internacional sobre Ecología promovido por el Pabellón de la Santa Sede en la Expo Zaragoza 2008. Una simple ojeada al programa basta para apreciar que en el evento ¡no participa ni un solo ecólogo! La propuesta se abre con una referencia al Concilio Vaticano II: "En nuestros días, el género humano, llevado por el estupor ante sus propios inventos y su propio poder, se plantea frecuentemente cuestiones inquietantes acerca de la actual evolución del mundo…". Por supuesto, nada hay que objetar a esa inquietud, y nada, tampoco, a que desde los planteamientos de la Iglesia Católica se reflexione sobre la relación de la especie humana con la naturaleza. Pero descríbase así, porque eso no es ecología, y llega a ser anticiencia cuando, como en este caso, se recalcan en las sesiones el sentido del mundo y el diseño inteligente del universo. Las autoridades integradas en los comités del congreso deberían haber exigido un cambio de nombre o, directamente, no haber participado.