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La clave era un trípode

TEXTOS SECRETOS // SOFÍA TORALLAS

Yo me imagino a John Chadwick escuchando la BBC aquel día de julio de 1952, cuando el arquitecto inglés Michael Ventris anunciaba el desciframiento de la escritura Lineal B, en que estaban escritas unas tablillas encontradas en Creta años antes por Arthur Evans. Y estoy segura de que poca gente habrá experimentado una emoción semejante a la del descifrador que rompe el sello del enigma y se adentra, después de mucho esfuerzo, en un terreno nuevo y desconocido. El caso del Lineal B es sorprendente, puesto que se trata de un desciframiento total de un sistema de escritura sin la ayuda de ningún texto bilingüe que lo apoyara.

La filóloga americana Alice Kober había hecho ya un excelente trabajo de análisis de distribución de los signos, sin llegar a asignarles aún entonces un valor fonético claro. Al menos lo que sí llegó a establecer con seguridad es que se trataba de un sistema de escritura silábico, con una serie adicional de ideogramas. Lamentablemente murió, de cáncer, a los 43 años de edad, justo dos antes de que se anunciara el desciframiento del Lineal B.

A la luz de los hallazgos de Kober, Ventris obtuvo la primera clave, al analizar unos supuestos topónimos cretenses, repetidos múltiples veces en las tablillas de Creta. En la sospecha de que se trataba de un dialecto griego, siguió sus pesquisas en colaboración con el helenista oxoniense John Chadwick. El descubrimiento de una tablilla de Pilo, en el Peloponeso, les entregaría las llaves del enigma. Esta tablilla contenía una lista y descripción de diferentes tipos de trípode, acompañada de una serie de ideogramas que representaban a los mismos trípodes descritos.

Y lo más interesante es que los supuestos valores asignados a los silabogramas que acompañaban a estas imágenes hablaban, sin duda, en griego: ti-ri-po-de.