La madre de Mendeleev

EL ELECTRÓN LIBRE // MANUEL LOZANO LEYVA

Todos recordamos el nombre del inventor de la espléndida Tabla Periódica de los Elementos, clasificación de los átomos que soñaron Leucipo y Demócrito. Lo que quizá no sepamos es que Dimitri Mendeleev nació en Tobolsk, Siberia, en el seno de una familia culta y bulliciosa. El padre era el director del instituto local, y la madre, siberiana de vieja alcurnia, parió 14 hijos y logró criar a 11, mérito encomiable atendiendo a la alta mortandad infantil del lugar y la época (mediados del siglo XIX). El profesor murió pronto y la magra pensión de mil rublos que le quedó a María Korniliev, que así se llamaba la brava mujer, no daba para alimentar ni a una parte de su prole. Trabajó en una fábrica de vidrio de su familia y terminó dirigiéndola con buena mano hasta que un incendio la devastó. Sólo le faltaba por sacar adelante a los dos hijos más pequeños, Dimitri y Elizabet. Cogió sus ahorros y se fue con ellos a Moscú, porque quería cumplir su sueño de que algún hijo suyo fuera a la universidad. Corría el otoño de 1850.

TRAS EL TREMENDO VIAJE, a Dimitri, de 15 años, le negaron el ingreso en la universidad porque, debido a las convulsiones políticas, no admitían forasteros por miedo a los agitadores. María no se arredró y continuó su viaje hasta San Petersburgo. Dimitri ingresó en aquella universidad y a los pocos meses la tuberculosis fulminó a su madre y, poco después, a su hermana. Siendo ya catedrático famoso, Mendeleev escribió su primer libro de química, Soluciones. En él se puede leer la siguiente dedicatoria:

“ESTA INVESTIGACIÓN está dedicada a la memoria de una madre por su hijo menor. Ella lo educó por sus propios medios mientras dirigía una fábrica. Lo instruyó con el ejemplo, lo corrigió con amor, y para hacer que se dedicara a la ciencia dejó Siberia con él gastando sus últimos recursos y fuerzas. Mientras moría, ella le dijo: ‘Refrena las quimeras, insiste en el trabajo y no en las palabras, busca pacientemente las verdades científica y divina’. Ella comprendió que los métodos dialécticos engañan muy a menudo, cuánto queda por aprender y cómo, con la ayuda de la ciencia sin violencia, con amor pero con firmeza, se eliminan toda superstición, mentira y error, porque la ciencia conlleva la certeza de verdades aún no descubiertas,
libertad de futuros desarrollos, bienestar general y felicidad íntima. Dimitri Mendeleev considera sagradas las palabras de su madre moribunda”.

QUIEN SUSCRIBE estas líneas no encuentra cita mejor para expresar en esta primera columna el espíritu que le guiará en las siguientes.