En busca del fuego

ORÍGENES // JOSÉ MARÍA BERMÚDEZ DE CASTRO

* Director del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (Burgos)

El título de esta columna nos suena familiar. Un tema atractivo para quienes han tratado la prehistoria desde un punto de vista divulgativo y cinematográfico. Y ciertamente lo es; también para quienes dedican su profesión al estudio de la evolución humana. Se ha llegado a proponer que nuestros ancestros africanos de hace más de 1,5 millones de años ya controlaban el uso del fuego, como parecían probar las evidencias de yacimientos como los de Swartkrans (Sudáfrica) o Chesowanja (Kenya). Sin embargo, las pruebas aportadas nunca resultaron concluyentes. Los restos de incendios naturales parecen haber confundido en más de una ocasión a los arqueólogos.

Tenemos que avanzar en el tiempo para llegar hasta tan sólo unos 400.000 años y encontrar incontestables evidencias del uso intencionado del fuego en unos pocos yacimiento del hemisferio norte. Terra Amata y Menez-Dregan, en Francia o Amudian en la Cueva Qesem de Israel son lugares privilegiados, donde existen pruebas muy claras del uso intencionado del fuego por nuestros antepasados de hace entre 400.000 y 200.000 años. De nuevo, los neandertales y otras especies de homininos se adelantaron a Homo sapiens en el dominio de la tecnología del fuego.

No cabe duda que la observación de las propiedades del fuego, como el calor o la capacidad para ahuyentar a sus posible predadores, fueron poco a poco formando parte de la lógica del razonamiento y la planificación de los homininos del hemisferio norte. Las técnicas para encender fuego de manera deliberada debieron difundirse con rapidez en las poblaciones de homininos, por su capacidad para transformar las sociedades de entonces. Sólo debe pensarse en que los días de invierno se hicieron más largos en torno a la hoguera protectora o en la posibilidad de colonizar latitudes más elevadas. Los antecesores de los neandertales llegaron hasta el paralelo 53, en regiones que hoy día ocupan países como Alemania o Polonia. El uso intencionado del fuego se generalizó de manera muy rápida en claro contraste con la lentitud en la difusión de los avances tecnológicos, que permitieron mejorar la potencialidad y capacidad de los instrumentos líticos.

Podríamos pensar en las posibilidades del uso del fuego para preparar armas de madera, o en la digestibilidad de los alimentos calentados a fuego. Pero me llama mucho más la atención la capacidad de interacción personal del los miembros de un clan en torno a una cálida hoguera. La posibilidad de intercambiar información y sus consecuencias para la creatividad han sido las bases de nuestro progreso tecnológico. Aunque se me acuse de abusar de la especulación,  estoy convencido de que las capacidades linguísticas mejoraron en torno a las hogueras del Pleistoceno superior. Nuestra especie, por supuesto, adoptó el uso del fuego y todavía hoy, los ciudadanos del siglo XXI, sentimos la magia y la seducción de una reunión nocturna en torno a una buena hoguera.