Lastre sagrado

Ventana de otros ojos  // Miguel Delibes de Castro

 *Profesor de investigación del CSIC

Cuentan quienes saben de ello que los planteamientos heliocéntricos de Copérnico, que no en vano era canónigo y vivió de administrar bienes eclesiásticos, fueron recibidos con agrado por la Iglesia, incluido el Papa Clemente VII, y que el mismo cardenal Schönberg escribió al astrónomo urgiéndole a publicar sus hallazgos. Sucedió, sin embargo, que alguien recordó que, en la Biblia, el líder hebreo Josué, necesitado de tiempo para ganar una batalla, reclamó: “Sol, detente en Gabaón”,  y que entonces, siempre según la Escritura, “el sol se paró en medio del cielo y no se apresuró a ponerse en casi un día entero”. Eran textos sagrados, por tanto incontrovertibles, y no dejaban lugar a dudas sobre el movimiento del sol de este a oeste. Las ideas de Copérnico, por tanto, eran heréticas, como, muy a su pesar, se vio forzado a admitir Galileo.

 Esa urgencia irracional por violentar la realidad hasta hacerla coincidir con el contenido textual de los libros sagrados apareció también en el caso del gigante de Cardiff al que me referí la semana pasada. En la segunda mitad del XIX, un embaucador había hecho pasar una tosca estatua de piedra por un gigante fósil, y mucha gente incauta lo creyó. Cuando personas de razón trataron de denunciar el fraude se encontraron con un enemigo inesperado, los religiosos. En algún lugar de la Biblia estaba escrito: “En aquel tiempo, los gigantes habitaban la Tierra”, e importantes pastores eclesiásticos no dudaron en defender que el hallazgo hacía justicia al texto de la Escritura. Uno de ellos escribió: “Esto no es algo ideado por el hombre, sino la verdadera imagen de alguien que vivió en la Tierra y era hijo de Dios”.

 Para disgusto de los clérigos, el fraude del gigante de Cardiff fue descubierto (tras localizarse a los canteros y el escultor, el estafador confesó) y su exhibición fue prohibida. Pero un tipo llamado Barnum, aún más avispado que los inventores de la historia, había encargado una réplica exacta de la estatua y continuó exhibiéndola, pues la suya se consideró legal, ya que admitía no ser un fósil y sólo engañaba al que quisiera ser engañado. Tuvo un enorme éxito popular y ganó muchísimo dinero. ¡La gente pagaba por ver la réplica de un fósil inventado! El gigante de Cardiff original aún recibe visitas, supongo que sólo por curiosidad: está expuesto en el Farmers’ Museum de Cooperstown, New York.