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Cosmética genética

CIENCIA DE PEGA // MIGUEL ÁNGEL SABADELL

Con este empeño nuestro de acudir al taller de chapa y pintura para aparentar menos edad, las compañías cosméticas se están forrando: en 2008, en Estados Unidos las ventas de productos antienvejecimiento llegaron a los 1.600 millones de dólares.

La palabra-estrella de todos estos supuestos tratamientos crematísticos –nótese el elegante juego de palabras– es ADN. "Biocosmético de Nueva era a base de Filamentos de ADN y Moléculas protectoras del núcleo celular. Frena el proceso de envejecimiento en cada célula de su piel"; "La asociación única de Plancton Termal Puro y Reverserol SV, potente activo vegetal, actúa para reparar las micro-alteraciones del ADN, relanzar la actividad de los genes"; "el ácido fólico y la creatina protegen el ADN de futuros daños externos"; "contiene una bifidobacteria y una levadura capaces de facilitar que los genes fabriquen proteínas al ritmo que lo hacían en su juventud", son algunas frases con las que convencen a incautos e incautas. Lo de la bifidobacteria tiene su punto porque no sólo es buena para nuestra panza, como dicen los fabricantes de yogures, sino también para que nuestra piel se vuelva joven. Uno de los que más me gustan es de origen patrio, Pro Cell T, que dicen lo extraen de un manzano suizo "rico en células madre vegetales, que es capaz de estimular y proteger a las células madre adultas de la piel". Espero que no sea creando corteza de manzano suizo.

Si fuera cierto los investigadores de las compañías cosméticas deben ser tipos de premio Nobel. En menos de cinco años han sido capaces de identificar todos los genes relacionados con el envejecimiento y su función, más toda la complejísima proteómica que hay debajo, más realizar una búsqueda intensísima en el medio natural identificando aquellas sustancias capaces de revertir los procesos biológicos en curso en nuestras células. ¡Y después, conseguir que actúe en una crema de noche! Ni los vendedores de pociones de las pelis del oeste. Impresionante. Y seguiremos picando porque queremos parecer menos viejos. Porque seguiremos siendo viejos.